3 poemas de Henry Alexander Gómez

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Henry Alexander Gómez:

El rolo de la palabra rockera y la nota prohibida en el pentagrama de las naves y las hornacinas sagradas. Sí señores, un poeta cachaco que lleva encima el universo como un saco de los tesoros. Ha publicado poemarios para homenajear a sus duendes tutelares y ha inventado un lenguaje preciso para argumentar  su existencia. Creador y fundador  de un festival de poesía y de una  revista que hunde su raiz en toda latinoamérica, este hombre respira poesía como si de eso se tratara toda la vida. Pero aquí no queda todo, el bardo es generoso y  ha dedicado la mitad de sus huesos, también, a la enseñanza; sus estudiantes dicen que, a veces, lo ven con la mirada perdida en las ventanas como si avistara un recuerdo.

Los poemas publicados fueron seleccionados por el autor y pertenecen a su libro “Tratado del alba”

 

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Lluvia de sol

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Oración para Juan Gelman

Detrás de vos la noche crece en su latido,

se sostiene un pajarito que picotea la muerte

y entona todas las horas que se tuercen en la sed,

e hila los huesos de un sol demasiado triste.

Vos sabés lo que dura esa noche,

lo que mide la tristeza de quien ora y suplica

a un Dios que ha dejado su cena sin tocar.

Que tú corazón es la vitrina donde nosotros

guardamos nuestras bocas, que es la vela sin pabilo

que intentó horadar el sudor de las voces. Eso vos lo sabés.

Pío, pío, canta ahora la muerte bajo tu piel. Un pío

no tan lejano, no tan distante de aquello

que nombra y llama a los que ya no tienen labios. Piedra

que me sentás sobre la lluvia, furia que me lamés la carne.

José Galván ha llamado a mi puerta. John Wendell se reclina

ante la silueta de un perro que ya no ladra.

Y ya sin voz, ya sin ojos para escuchar la oscuridad de los caballos.

Aquí se parte el lápiz y gelmaneamos con palabras

puestas a secar al sol. Porque Juan Gelman es un solísimo,

solísimo relámpago del alba. Una paloma otoñal. Un árbol desnudo

que acuesta su llanto en la hierba para que nosotros

bebamos su rocío.

Y el pájaro pía y se despide. Pío, pío dicen las campanas.

Piar es cosa de poetas, piar es cosa de hombres que respiran

amparados a los brazos de la madrugada. Como ese amor que regás, como

esa cuerda con la que atás el mundo, como los rostros de los desaparecidos

que brillan entre las grietas de cada uno de tus silencios.

Roberto Juarroz

He abierto la palabra amor

y, adentro, encuentro otras palabras

que no dejan de mirarme fijamente.

Escojo una de ellas,

le hago también un orificio,

para ver más adentro en el lenguaje,

y allí encuentro una palabra

que se parece al corazón del mundo.

En medio de las dos mitades del lenguaje,

sobre la línea que separa el comienzo y el final,

comprendo que un vocablo,

más profundo

que el abismo de Dios, nos sostiene.

Todo lenguaje se contiene a sí mismo,

como toda palabra que decimos o callamos,

lleva adentro la soledad del hombre.

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