3 poemas de Zeuxis Vargas

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Zeuxis Vargas:

Campesino de pura cepa que se vino a vivir a la ciudad. Suele escribir para no morirse de aburrimiento y si pudiera viajar no escribiría o, quizás, lo haría más. Tiene varias publicaciones en revistas extranjeras y nacionales y dice que no sabe cómo fue que terminó publicando un poemario. Su rostro aindiado todavía no ha logrado ganarle el primer punto de belleza a la mañana. Se le puede encontrar enseñando por ahí algo de pedagogía, única arma profesional que guarda bajo el brazo como si se tratara de un paquete de papas fritas.

GRELA DE LUPANAR

O casi un sentimiento porteño

 

I

 “Y yo sé que quieres,

en bandoneón,

convertirte el corazón”.

Zeuxis Vargas

en su tango imaginado: “Lo que me contaste anoche”

En ti quiero

la nostalgia como un tango:

mujer que llegas de noche

a la barra del cafetín.

Eres contraluz y caricia

Escuchando mi ilusión.

— ¡Pasión llevas de lunfardo!

chamuya el tabernero,

volviendo, en tus ojos,

a su “cuartito azul”.

Pertinaz, haces surgir malevos

como si fueran a silbar

y en el tablado crepita

las ganas de sentirte

que tiene un tal Gardel.

II

“El ambiente se viste de penumbra

como si fueran a despertar una milonga”.

Zeuxis Vargas

en su milonga: “Yira Quebrador”

 

En el muro donde Julio Sosa

vocifera, rotundo, su canto,

“Pichuco” parece brindarle

desde otro marco el arrabal.

Una garúa se nos mete en el pecho

hasta prender los faroles

y en un cuadro se multiplica la sala

donde boceta un varón.

III

“¿Que vestido te pondrás mañana mi bacana

para que vengan a cantarte los compadres?”

Zeuxis Vargas

en su tango inexistente: “Mate para dos que se soñaron”

 

Yo te susurraré la noche

para que puedas bailar

este sentimiento porteño

que me pone a vibrar.

Ya llegará Discepolín canturreando

“problemático y febril”.

Ya seguirá, muñeca,

soñando y bebiendo

por ti el oriental.

Porque quiero verte de corridas,

sentadas y quebradas

para sentir que tengo

el amor de un lupanar.

ALGUNOS ANIMALES Y PLANTAS DEL LITORAL EUROPEO

 A Hans Haiter el tritón 2666

Entre manos crispadas,

bolas de billar biliares

y espigas de lentejuelas infértiles

se puede escuchar por las noches

el roedor desespero de las liebres.

Al fondo el mar se agita silenciosamente

escuchando el pavor de los polluelos

enjaulados

en la pared de los acantilados.

Hay días en que nada es posible

los desfiladeros

se desmenuzan hacia el fango

sepultando

uno a uno

los primeros brotes crepitantes de la tierra.

Un costillar de lobo se arriesga

a veces

sobre el porfiado paredón

parece olfatear algo proveniente de las islas:

un silbo gomero tal vez

o quizás la sombra

de una gaviota náufraga sobre las olas.

Peces fosforescentes de negro

son levantados con furia sobre el fondo rocoso

como salmones de circo.

Contra la pared vidriosa y caprichosa

de los arenales

las noticias de los siniestros

llegan en leños podridos hasta la orilla.

El animal se acoraza

para permitir la vida

y verdes y deshilachados

vestidos de novia

buscan aferrarse a la costa

donde la luna confunde su reflejo

en los ojos desorbitados de los cangrejos

Un hombre a veces planea su suicidio

mientras lanza poemas al océano

atados a guijarros desvelados.

El viento,

perseguido por una cresta de espumas

encolerizadas,

cabalga arremolinado sobre las encinas

desplomando en su carrera

los esqueletos de las cigarras

que sirven de óbolos

para los ahogados.

Desde lo profundo del bosque

un búho irrealizable

sólo conjurado para el instante

graba absorto en su mirada

el salto de un oso hacia el vacío

que inaugura los gorigoris boreales.

El bosque de algas

como un jardín ahogado

desorbita su abanico de sirenas esqueléticas

mientras los ojos nictálopes

de un poeta desnudo

buscan su regreso feliz al fondo del océano.

AQUEL LUGAR NO EXISTE

Trompe l´oeill

Y los pájaros se acercaron a picotear las uvas:
pobre niño irreal que no los asustó.

Levanté la bola de cristal:
— ¡Esta es la tierra!
Un hombre hecho pedazos
por las esquirlas de una granada

lanzó una carcajada.

La selva que traerá los chicles
con sabor a ayahuasca
y los jardines para Hollywood
era en mi infancia de gran fuerza tribal
y corazón de hombre mono.

Adoré la depredación del cocodrilo
y el abrazo mortal del hijo de Kala
vengador de la jungla
pero esperaba, cruel,

como todos los niños

que algún día
muriera entre el abrazo de sus gorilas.

La esquina de entrada
de los dioses andinos
era un mapa deseado por las estrellas
o, al menos, por las casas de lujo
puestas sobre la luna.

—¡La tierra es redonda!
Y la esfera reflejaba todas las carcajadas.

Desde lo alto de la cruz
una nube densa de suciedad
flotaba sobre los cuerpos de jovencitas
brotando con lujuria hacia los Intocables.

Algunas cabezas de hombres delirados
navegando sin rumbo sobre la barca de Caronte
y mostrando la desgracia de su sueño libertario
estaban convertidas en billetes
que faltaban para la felicidad.

Las descendencia de los asesinos
degenerando en suicidas
pusieron una firma de inercia
sobre la naranja podrida.

La naturaleza tembló
y sentí el error y la vergüenza
de haber vivido entre profecías.

La realidad hizo
apagar el televisor
y orar con miedo
ante lo certero
que era sentir

el poder de la muerte.

Muchas marionetas
estaban sedientas de sangre:
crías de alacranes;
gusanos de mosca
erupcionando del cadáver.

Unos ojos cristalizando en opaco triste
la curiosidad de un niño
perpetraron la lengua del dragón.

Todo se me dio para imaginar la avalancha:
ese derrumbe atrapando las piernas de una niña
el día de mi nacimiento.

Jugada tenebrosa
de la fecha de los muertos,
“pesadilla en la calle del infierno”
viernes de mala suerte:
predicción del capítulo 13 del apocalipsis
y confusión de las lenguas en la torre de Babel.

La perversión matando niños
y yo apenas creciendo
con el afán del amor.

Sólo son posibles los sentimientos de locura,
los cuerpos no correspondidos,
los coitos prohibidos.
Pero el mundo…
anudándose su propia horca
comenzó a ponerles camisas de fuerza
a sus videntes.

Yo dije Diablo para decir mentira
y dije Dios para gritar consuelo
mas vino la religión y me aterró el alma.

El dios-caballo
danzó en Creta
y la hermana del monstruo
recogió el hilo de oro
sin descendientes.

Ya confesé de mis eternos oficios
de acariciar un cuerpo,
de la inclinación de cualquier sueño
ante su espejo.

¡Apreté la uva entre mi mano!
alrededor, picos de aves repugnantes
graznaron ansiosas por un bocado.

Pobre niño irreal que no las asustó.

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