3 poemas de Omar Alejandro González

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Omar Alejandro González:

Bogotano con sangre de literato. Desde muy temprano se dedicó a gestionar talleres en la universidad  del Tolima de la que salió egresado como docente de castellano. Editor de una revista y coordinador de otra, el poeta lanzó sus dados al azar con tal fuerza que lo que parió fue una música estridente apta sólo para estomagos fuertes y para oídos mitológicos como los de las parcas. Desde hace un tiempo reside en Ibagué aguantando la marea y la resaca de las tardes.

 

Refracción

Escribir versos y apretarlos para provocar su asfixia. Que no hablen o trasmitan, que sangren su negro contenido y contaminen los ojos del suicida. Versos muertos, sin aliento literario. Palabras llenas de obvia y humana mortandad. Asuntos de cloaca y humores de fracaso. Nostalgias, pesares y búsquedas, siempre huérfanas, venidas en soledad sin luz. Metáforas disparatadas de Cadáveres que se alimentan de ideas descompuestas; símiles de días de traición y odio. Puertas al vacío llenas de posible errancia.

Cosas así y otras más que me hagan uno y solo, como otros miles que lo han sido y hoy me guían, tan al fondo,  que descubro mi rostro en la caída.

 

Eternidad

Sacarse los ojos, cortarse la lengua, taponarse la nariz  y abrir tremendos boquetes en las orejas  hasta que por el gran hueco de nuestra ciega humanidad entre frío suficiente para congelar el pensamiento. Luego de eso tirar del gatillo,  beber veneno y colgarse de una soga  para que cualquier recuerdo de que  se ha sido humano muera por asfixia.

Si después de todo aún sobrevive algo, tibio y gelatinoso,  esparcirlo sobre la hoja para que sea inmortal mientras termina de morir.

 

Insano

Todo iba bien por el imbricado paraíso  hasta que la loca se soltó de sus amarras para hacer polvo la razón. Corrió presta pero la mano de Ethel Krause cogió su tobillo y como Hefestos,  la sumergió en la demencia para bautizarla Loca de la casa. Desde entonces las palabras sufren orfandad y buscan el lenguaje amigo que dé sentido a la voz de Hermano.

 

Todos en el pabellón de insanos saben que decir su nombre es consumación  de un antiguo ritual por el que se evoca el hábito enfermo de sangrarla por la boca.

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