3 poemas de Xavier Oquendo Troncoso

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Xavier Oquendo Troncoso:

Ecuatoriano de puritica herencia andina y de cabellera librepensante, nació en 1972 al amparo de los maestros de las letras ecuatorianas en el pueblito donde cantan todas las ranas. El poeta, periodista y profesor de Letras y Literatura es ante todo un ser telúrico como su tierra; ha publicado, desde que tiene memoria y con fervor, una poesía que crece y sigue creciendo entre naufragios y revelaciones. Hoy en día, gracias a su pasión desenfrenada por la literatura, se le reconoce como uno de los 40 maestros de la poesía contemporánea; tal señalización que lo incluyó en el “canon abierto” –gran antología que reunió a los bardos más interesantes que escriben en la lengua de Sancho Panza-, no lo ha sumido en la desesperación de la fama; el hombre se mantiene firme en su sueño de gestión y aprendizaje como si tales fantasías fuesen las maneras más correctas de subsistir en el tiempo. Ha creado varios proyectos con la pasión de un orfebre enamorado de las estrellas y tiene bajo el brazo un angelito editor donde se pueden encontrar, amarradas a las alas, grandes voces latinoamericanas. El hombre sabe croar como ninguno y su canto apuesta por el descubrimiento constante de una poética anclada al fuego azul de los inviernos. 

Poemas seleccionados por el autor.

DE CÓMO EL POETA TRATA DE HUIR DEL DOLOR

Que no se vaya el sol porque es domingo.

Que no se duerma el peso del dolor en uno solo.

Que se comparta.

Que se vaya en los otros.

Que haya buena distribución del dolor.

Que se haga el comunismo del dolor.

Que vivan todos para tener su dosis,

su pequeño maltrato,

el pago a plazos del dolor sin intereses.

Que todos nos gritemos

en la opera funambulesca del dolor.

Que no tengamos compasión con nadie.

Que todos debemos doler y compartir.

Que no se venga el dolor de uno en uno.

Que todos veamos llorar a Polifemo.

que todos lloremos igual por Galatea.

Que no nos merezcamos alegría

mientras vemos el ladrillo caído de bruces,

encima de la felicidad.

Al fin y al cabo, el mundo

Es un dolor inmenso que siempre inicia.

Y ni se diga, la poesía.

De LO QUE AIRE ES (2014)

DE CÓMO EL POEMA ESTÁ PROSTITUIDO POR EL POETA QUE NO QUIERE ESCRIBIR, PERO ESCRIBE

Sí. Ha vuelto.

Ha vuelto a pasar por aquí

la pura zorra del poema,

la perversa que aguarda en los caminos.

Ha vuelto el hilo de su halo de misterio.

Ella que es tan zorra como el sol cuando se enfría.

Ha regresado a que se le oiga animal.

A que se le huela con respeto.

La zorra pasa y deja ese verbo y esa garra

y enseña la intención de sus encías.

Quiere estar como la noche: tan firme como inmóvil.

Me prostituye la zorra.

Y no me da ni para el tabaco.

De LO QUE AIRE ES (2014)

 

 

DE CÓMO EL POETA LE DEDICA UN POEMA A JUAN GELMAN, APROVECHÁNDOSE DE UN VERSO DE CESAR VALLEJO

El golpe ha llegado.

Hizo puñete de platino y golpeó la mesa.

Yo desayuné el sol de las frutas

y el golpe se comió las últimas uvas

pisando el corazón de su pulpa.

Saltó con garra de pirata Blas de Lezo.

Me lastimó la córnea y la mejilla.

Corrí hasta ausentarme de la mañana,

pero llegó la noche, con su mano airada

y el golpe me golpeó con mi propia sombra.

Me sigue dando golpes todo el día.

No hay forma de hacerle quites, de alejarse.

El golpe me golpea y se hace fuerte,

me va sacando el moretón y la ausencia.

Ahora tengo azul el pelo largo

y la sonrisa es una barba con mordiscones.

No hay una zona blanca en estas pieles,

solo las puras habitaciones de los golpes.

El golpe hizo hijos en mis vísceras hinchadas.

Se dieron partos y cesáreas

y los hijos prematuros del golpe

salieron inducidos en dolores.

Desde el día que llegó, en el desayuno,

el golpe no ha parado de ejercitarse.

Hace biceps y triceps en la lona.

Camina dos horas diarias por el jardín de la casa

y luego vuelve a salir, a dispararme sus muñones.

Ya no me defiendo. Ya el cuerpo se ha curtido,

está lleno de heridas secas.

Pero yo descostro el dolor y la sangre fluye.

Se hace otra vez y otra y otra en cicatrices.

Vuelven los polvos de sulfa, los unguentos.

Vuelve ese dolor viejo y otros nuevos.

Se vuelven a partir las gasas húmedas

en pus -la sangre blanca que se espesa-.

El golpe está feliz por estos triunfos.

No para de saltar en emociones.

Me ve caído y da, y da conmigo,

y vuelve con más técnica y más saña.

No tiene compasión. No hay tregua ni agua.

Por él, que yo me muera en la tranquiza.

Por él, que me triture en las fracturas.

Por él, que me haga mutis en la vida.

Yo solo me levanto y tomo algo. Algún desinfectante.

Un caldo burdo. Y luego voy a a ver

si hay telarañas. Si hay sangre de drago

Para empedrar el dolor.

Ya no quedan más cicatrizantes.

Así que mejor hablo con el golpe. Le digo que lo amo.

Que ya me han dado susto sus visitas.

Que soy el portador del sindrome de Estocolmo.

Que ya no puedo traicionarlo. Que qué gusto.

Que siempre será un placer sus guantazos secos.

Que hay que buscarle un cuarto a sus visitas.

Ahora vivimos juntos

y siento hasta placer por sus nudillos deformes

que han ido desflecando mi existencia

hasta volverla santa, pura, casta. San Expedito

en mí. Santa Teresa y todo el santoral que me ha llegado

a punte de estos golpes. Como Mariana de Jesús, por dios,

con este penar intenso,

llegó a destrozarme el espíritu.

Y todo,

para salvarme.

De Lo que aire es (2014)

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