3 poemas de Fabio de J. Vargas Ospina

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Fabio de J. Vargas Ospina.

Nació un 29 de febrero del año bisiesto de 1948, el año del trasnsistor, de “El ángel ebrio” y de “El túnel”. Este montañero de Risaralda, en su juventud fue todo un trotamundos, viajó por todas las geografías del país enseñando a campesinos e indigenas a realizar camas, sillas y sueños. Profesor de bellas artes de la escuela de Pereira y profesor de artes plásticas de la Universidad Santander, pintor, escultor y maestro. Un cazador de naderías y también…mi padre.

SURREALISMO

Soy abismo en el que zambullo mis realidades.

Escucho a intervalos, distante,

el roer constante

de un escarabajo y busco

el lugar de los élitros esquivos.

Solo serrín. Residuos de pensamientos revueltos

de pensamientos dispersos

de pensamientos vacuos.

No se intuye en mi abismo

esa línea fina que

como el corte de un bisturí separa

las ambigüedades.

Solo aquel roer.

Solo serrín

hecho sombra me ocupo en recoger otras sombras

mientras el color de mis ojos cansados

se va tornando indeciso

con esa mirada que

hace sufrir la quietud de las gárgolas.

Sin embargo, no cabe,

es mi intruso que reitera

el zumbido de los élitros

indicándome la ruta hacia lo ignoto.

Solo serrín. Solo sombras.

Solo abismo.

Y, de pronto, surge un instante donde

de serrín y sombras amasados en olvidos

me reintegro íntegro y me surrealizo.

CANTO DE LA DESESPERANZA.

Soy un Cazador de Naderías

que se quedó en las visiones

de Escher y Dalí

victima consuetudinaria

de una metalepsis paranoica y

náufrago

en un mar de bestiarios y de utopías.

Calienta mis arterias

un río de luciérnagas,

de pájaros fantásticos,

de agutís y zarigüeyas,

de pasionarias y catleyas,

de serpientes emplumadas,

de Homero, Esquilo, Borges, Bach,

de nube y piélago.

Soy un cazador de naderías

émulo infame de

los oradores del Valle de Neander.

Sorprendido sin asombros

converjo en el punto en fuga de

los descubrimientos áridos

y los inútiles sucesos:

el apacible misterio del Planeta Rojo,

la clonación, esa inepcia

irreverente contra Natura,

la terca persistencia hecatómbica

del Medio Oriente

o el Alter Ego insoportable

de los descendientes del Tío Sam.

Proclamo en mi proclividad

mi escepticismo irredento

por las apologías apocalípticas

de los credos obsoletos,

las apologías del fascismo,

el superhombre de Nietszche

y la politiquería sanguijuela de los pueblos.

Creo tan sólo en la vida maniatada

por los eslabones donde esconde

su impredecible indecisión

bajo la oscura caperuza

la calva pálida visitante

de lo único absoluto.

Alimento mi alma torpe

de espejismos y ciclones

e intuyo alucinado, errático,

sangrientos venablos

en la diana de Selene

mi trágica-cósmica agonía bestiaria

se refleja en la clepsidra

y evoco cosas olvidadas:

falsas tabas dentro de una copa

hecha con el esplín de un clown

donde entrechoco suertes

estremeciéndome culpable del absurdo.

¿A qué éste ahora rutinario

de un oficio antiguo

donde el tablero acrílico paradoja

la curiosidad de un río de impúberes

cribando mi ánimo de sensibilidades,

poemas inacabados, aprenderes y acertijos,

discursos y ensueños de colores?

¿A qué este universo mío adentro

resonante de un pueblo

de imágenes y sensaciones,

de resurrecciones y nuevos morimientos

de apiñamiento de xilófagos

abriendo túneles en mi soledad,

¿Una soledad que impele renunciamientos?

Sin embargo,

hay en el fondo algo mudo, indescriptible,

que resiste lo proclive.

Resistir y no caer

es tener huella de gigante.

Caer es apenas leve arena

donde un tiempo sin memoria

juega su albur.

Espere impaciente la última jugada y no se dio:

mi otro yo o yo en el otro

desintegrando su universo

y reabriendo mis estigmas

acicateó decepciones presas

por la avidez desleal y tortuosa

del efímero váhala de la cannabis.

Espero sin esperar

─pasajero de espaldas a la vida─

con mi escaso equipaje,

sólo, en mitad de los raíles

mirando cansado el punto ambiguo

por donde el tranvía de las ilusiones

se ha ido en medio de la niebla

sin regreso.

LOA DE LAS METÁFORAS OXIDADAS.

A Mario Rivero.

“Nadie tiene cara de malo al cruzar una calle

o si recuerda cuando era niño”

Señor de las manos de gaviero,

rostro de bárbaro teutónico,

andar monacal, inquisidor

y voz de transeúnte cotidiano, anónimo,

del que no se sospecha siquiera

que bien puede “llevar de la mano a una dama

de la manera como se lleva una rosa”,

o bien, detener con su pecho de bisonte

los golpes de las sorpresas

la sombra de las sospechas

o las fintas de una espada.

Señor de la urbana visión cosmopolita

que rompe las baldosas

de la casa de don José Asunción Silva

con su huella de titán desahuciado.

Señor de los grises invierno y de los cálidos ponientes

en la capital asfaltada, efervescente de indigentes,

putas, falsos gigolós,

travestís con cara de Pierrots tristes

de poetastros y ladrones,

de dibujantes callejeros y danzarines en trance,

de sopladores de vidrio y aspiradores de “nieve”,

de vendedores de cuarzo y otras pedrerías baratas;

de revendedores de roba-señales, busca-personas,

celulares, canes, pirulís y canciones mendicantes,

volatineros y bota-fuegos en los semáforos.

Transeúnte de la cotidianidad,

de agujeteo de la lluvia cribando

la sórdida luz de una calle de Candelaria la vieja;

claxóns, maritornes, proxenetas,

niñas inhaladoras de pegantes,

noctámbulos erráticos y

y decentes de cornetes inflamados.

Monseñor del cuello del lobo marino

donde fracasan los entablamentos

ceremoniales de las orcas.

Monseñor de las manos boterianas

que pueden sostener sin romperla

la fragilidad de una burbuja de cristal

o borrar el día de un manotazo.

Así te vimos una noche

junto a Belisario y Mercedes Carranza

cuando atiborrados de esplín

alzamos nuestro vuelo de lechuzas hastiadas

hasta el alcázar de tus versos citadinos.

La lluvia en contraluz a la salida

azaeteba inmisericorde

el corazón del barrio

y calle abajo rodaba el canto oxidado

de tal o cual metáfora iluminada,

señor de mirar teutónico,

de andar monacal, inquisitorial.

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