Un cuento de Mario Torres Duarte

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Mario Torres Duarte

Nació en Casabe de Barrancabermeja, Colombia, en medio de la lacustre selva petrolera y fantasmas plataneros.

Trabajó durante 20 en diferentes empresas editoriales.

Ha sido editor de la editorial El Zahir;  es artista plástico y su serie Incendio en la Calle 22 se expuso en el Centro de las Bellas Artes de Michoacán, México en 2011. Sus crónicas, caricaturas y artículos han sido publicados en el periódico Medio Magdalena, la revista Lecturas Críticas y la Universidad Libre del Socorro.

En la actualidad es el director de Senderos Editores, editorial emergente en donde se han publicado libros de poetas y narradores latinoamericanos y la serie Cuadernillos de Senderos, una apuesta con más de 15 números y donde se han editado a jóvenes poetas y ensayistas colombianos.

También dirige en Bogotá el proyecto Punto de Convergencia, encuentro cultural en donde cada viernes se reúnen artistas nacionales y extranjeros a dialogar con el público sobre diferentes temáticas de la cultura.

En la actualidad termina estudios de Licenciatura en Matemáticas en la UNAD.

 

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El río está cansado

Ya no hay cuerpo que lo habite

La ropa seguirá desnuda

NUNCA CANTES EN ESPAÑOL

La fecha

15 de septiembre de 2000, un día corriente para Boris.

 

El personaje

Boris Núñez tiene 38 años, esa edad perfecta en la que se ha vivido lo necesario pero no lo suficiente. Es bajo y tiene pelo de negro aunque es rubio como una mariposa; su nariz, grande y gruesa como sus ansiosos labios; sus ojos, verdes e inmensos; su cuerpo, el de un hombre que lo ha  trajinado a punta de deporte y bazuco, mezcla explosiva de gimnasia, ladrillo, mariguana, telaraña y otras porquerías más benéficas. Y su piel es cada vez más pálida, del color del quien se va a morir.

Trabaja en Barrancabermeja como oficial forense del municipio; como quien dice, es el sepulturero de un pueblo conocido por su luctuosa suerte. Ha tenido que enterrar a más de una centena de amigos y otro tanto de desconocidos.

El territorio

Los muertos de Barranca se clasifican en dos y es fácil saberlo por los carteles de las prósperas funerarias de la región. A unos pocos los anuncian como El Señor Fulano de tal descansó en la Paz del Señor, lo cual supone que el muerto se fue por causas diferentes a la aterradora violencia de la zona, es decir, o lo mató un carro, o murió de viejo, o de enfermo, o se suicidó. A los demás, que son casi todos, los carteles los anuncian como El Señor Mengano de tal ha muerto, así de escueto, y es mejor no preguntar las causas.

Pendiente de cada víctima, los pobladores le avisan a Boris la calle donde encontrar el más reciente muñeco, como denominan allí al cadáver del asesinado, como si así dicho, el muerto adquiriera la vida del inerme.

Entonces, el hombrecito entra a su pieza, se fuma un porro y se pone la bata fosforescente de oficial forense que lo identifica como empleado público con permiso para ejercer; toma una tiza blanca con la derecha y con la izquierda lleva a su boca un Bon Bon Bum, luego se va en busca del occiso, chupándose la colombina como cualquier Kojak tropical.

Observa al muerto para reconocerlo. Se agacha y lo siluetea con la tiza, mira los impactos y sentencia al público el calibre de la bala y la marca del arma homicida, mientras con disimulo y audacia esculca al muerto en busca de algo de valor.  Si el muerto iba en moto, Boris sonríe pícaramente por la suerte que tuvo, pues el casco, más pronto que tarde, irá a parar a las arcas de su jíbaro de cabecera.

El viejo Dany

Daniel, uno de los pocos rockeros del Magdalena Medio, tenía un grupo que se hacía llamar Los hijos de Caín. Soñador, idealista, borracho y mujeriego, pregonaba la libertad de volar y sangrar a punta de guitarra y batería.

El día que le avisaron a Boris que El Dany acababa de dejar este mundo bajo la descripción de Ha muerto, Boris se dirigió furioso a la funeraria, metiéndose antes una traba de bareta con 2 copas del fuerte aguardiente santandereano.

Al llegar, miró directo a la cara del amigo a través de aquel vidrio que cada vez le parecía más a un espejo. Manoteó y gritó

-Te lo dije Dany, te dije que no cantaras en español –  repitió la parlotada y golpeó la ventana del cajón cada vez con mayor fuerza.

-Te dije que cantaras en alemán, en francés, en argentino si hubieras preferido –vociferó maltratando la frágil transparencia que los separaba.

–Malparido Dany, si me hubieras hecho caso, estarías vivo porque los paracos sólo saben español y nunca se hubieran enterado de que los estabas madreando con tus canciones -hasta que ¡zás!, el vidrio en átomos cayendo fue a parar a la cara de Daniel, así que tuvieron que sacar al difunto y limpiarlo para que llegara impoluto a las entrañas de la tierra.

Epílogo

Algo vio Boris en la mirada de sus muertos, algo que lo estaba dejando sordo, porque el 17 de mayo del 2001 fue secuestrado, apenas unos meses después de la muerte de Daniel, y según testigos, fue asesinado y arrojado al río Magdalena – donde los paras, a los que se señala de cerca de 5.000 muertes en el puerto- tienen de botadero de cadáveres.

Su hermano Jorge lo buscó durante ocho meses por los pueblos río abajo, hasta que le mandaron a decir que dejara de hacerlo porque iba a tener la misma suerte del desaparecido.

“El río en esta región es cómplice, el río en esta región se lleva a la gente, la historia de mi hermano es una lápida de agua”, dice Jorge.

 

Por qué sangran las mariposas

 

Víctima del tirano

el anónimo busca

bajo las piedras del cementerio

lo que falta de su cuerpo

 

Ha encontrado sus manos

en las aguas del río

ese caudal sangriento

que ya no reconoce

el brazo que lo nadó

 

Ha visto su rostro

en el polvo de la hierba

esa humarada

que quemó

su última voz

 

Sangran las mariposas

cuando les asesinan

sus cuerpos

cuando les ahogan

sus alientos

cuando les quitan

sus alas.

 

Lloran sus lenguas

Mientras esperan al déspota

para anunciarle

que no habrá

entre cielo y tierra

tumba que lo salve.

 

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