Un cuento de Leonardo Pinto Villalva

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Leonardo Pinto Villalva

(1993). Quito – Ecuador.

Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Asistente de investigación y Becario de la Escuela de Lengua y Literatura PUCE. Trabaja como gestor cultural en varios colectivos dentro y fuera de la ciudad de Quito – Ecuador. Es coordinador de proyectos literarios como Biblofrenia y el encuentro de Literatura Universitaria En Cuento Corto. Además es Gestor de Andante, Rodante, Circulante, encuentro de Literatura y parte del equipo de la Velada de Trova y Poesía. Editor de la revista Espacio Público. Sus textos han sido publicados en revistas de Ecuador y México.

Rojo

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I

No sé. El Rojo debió llegar ya. No sé. El Rojo debió llegar ya. No sé. Es que el Rojo debió llegar ya.  Es que ya no hay tiempo. Ya no queda tiempo. El Rojo lo sabe. El Rojo debió llegar ya. Mira la calle ¿Crees que el Rojo no sabe eso? Si él fue el primero en anticipar esta mierda. ¿Crees que el Rojo no sabe? Estás mal si piensas eso. El man sabía que cuando pasara esto, debía estar. Si no ¿Qué sentido tiene haber perdido tanto, haber sacrificado tanto? Yo por él me metí en esta vaina.

¡Chucha! ¿Dónde mierda esta el hijo de puta del Rojo? Ya mismo llegan, ¡Mierda! Ya mismo llegan. Mejor nos vamos escondiendo. Si nos encuentran estamos jodidos.  De gana le hice caso. Es que yo también me porte cojudo. Estas cosas ya no sirven ¡Agáchate! Gil, casi nos ven. No vez que esta vaina está plagada de esos manes. Ya es tarde, pues. El Rojo ya no llegó. Chucha, por ahí llegan más. Estamos cagados. ¡Mierda! Yo sabía que este Rojo era una cagada. ¡Puta! Yo sabía.

¿Y ahora qué vamos hacer? Por acá ya no hay nadie. Solo estamos nosotros. Si nos cogen a nosotros, nos van a culpar de todo. Ve, a mi me importa un carajo su “Espíritu de cuerpo”. Eso que lo hagan ellos. Como a ellos no les van a coger.  Además, ¿Qué queda por proteger? Según yo, solo quedamos nosotros. Esos manes se tomaron la ciudad. El Rojo nos delató. Ya ni con los refugios contamos ahorita. Fue el Rojo. El man nos delató.

¡Que sí chucha! Si no hubiera hecho la cagada ya hubiéramos salido de aquí. Ya habrían llegado a sacarnos de aquí. Por aquí hay tres entradas seguras al refugio. Nosotros mismo las estudiamos en el mapa antes de venir; por protocolo pues. Ya sabes, por si algo sale mal, eso siempre se hace. Aunque según el Rojo, esta era la definitiva. Nada iba a salir mal. Sí, hasta yo me creí eso. Es que tampoco había por donde que la cosa salga mal. Todo estaba bien planeadito. Yo estuve por meses haciendo la verificación en la zona. Los informes decían que los jefes estaban tambaleándose. El último informe contó lo de la pelea. Los manes se venían peleando bastante. Pero la última fue la más dura. Si por esa, hasta uno de de los dos se fue. Por eso nos lanzamos a dar el golpe. Los jefes estaban débiles, todos lo sabían. Nosotros teníamos la zona bien trabajada, de eso no dudo; yo estaba a cargo. Nada podía salir mal. No… no fue improvisado. Revisamos todo. Todos los golpes anteriores, todas las tácticas que ya se habían usado, pulimos las mejores, comparamos errores, resolvimos las debilidades, todo. El juego de Arcibel. Eso hay que reconocérselo al Rojo, a él eso de la investigación le encantaba. Por él yo aprendí; aunque era tedioso, sirve. No, ahora ya no, uno le coge el gusto, ahora hasta es necesario.

Si, en eso nos gileamos. Nunca pensamos en una traición. Todos tenían metidos el espíritu de cuerpo dentro. Hasta yo, nunca pensé en la traición. Si una vez que salíamos del refugio norte, donde se hacen las reuniones de planificación, nos vinimos al centro con el Rojo, a pie, conversando. Y hablamos bastante. El pecado de él es que era muy fervoroso de la causa. Todos nos guardábamos nuestros recelos, y no era para menos. Todos sabíamos bien por donde iba la cosa. Pero el Rojo, no. El Rojo creía en esto. No, no era romántico. Él no. El man era práctico. Estaba convencido que se podía hacer. Y no solo por pasión sino porque sabía, realmente sabía lo que hacía. Con él nada era a la ligera. No había nada nuevo. Todo ya se había hecho, solo era cuestión de aprender del pasado. Ninguna idea era nueva, si nosotros lo pensábamos, alguien antes de nosotros ya lo había pensado. Entonces, buscábamos el plan, la idea, la táctica, lo que fuera, analizábamos sus errores, averiguábamos todo, la recreábamos, no dejábamos ningún cabo suelto. Después venia lo bueno. Cuando ya teníamos todo eso investigado, ejecutábamos el plan. Por lo bajo se contemplaba tres desenlaces. Después sí, todo era minucioso. Nos llevaba tres meses armar un plan. Cubríamos la zona. Seguíamos a los jefes. Averiguábamos los horarios, las rutinas de cada uno. Teníamos a gente adentro. Trazábamos el plan. Por suerte teníamos el refugio en eso tiempos ya terminado. Así que nos podíamos mover libremente por las calles sin preocuparnos. Éramos artistas cuando hacíamos los planes. Nada, ningún detalle quedaba suelto. Y todo gracias al Rojo. Para que ahora no haya llegado.

(¿Y si lo mataron?…. – pensó – solo para sus adentros. En lo más profundo, después de toda la rabia, más debajo de toda la tristeza, incluso más hondo que los rencores, sabía que esa posibilidad existía. Le dolió algo en el fondo, en ese fondo que evitaba pisar. Bien lo podían haber matado. Pronto recapacitó. El Rojo no era cualquier huevada. Esa posibilidad no existía. Sin embargo, algo dentro de él se quedo intranquilo y no era por la captura, que seguro iba a suceder, la tortura y todo lo que se les venía encima. Una intranquilidad, como si hubiera hecho algo mal, como una culpa que muy pronto iba a cobrarle.)

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<En días como estos, el sol es más intenso. Si, el verano. Ven, cariño, siéntate acá, el pasto está fresquito. ¿Has pensado que los días son todos iguales? Personalmente a mi no me molesta, pero hay algunos que prefieren no tener una rutina. Al diablo con todos ellos, a mi me gusta estar aquí recostada; el fresco de la piscina es perfecto. ¿Crees que algo puede alterar esta perfecta harmonía?>

…………………………………………………………………..

¡Agáchate! Estamos en la mierda. Nos acorralaron como a ratas. Si nos quedamos aquí nos van a matar. Ven. Pero agáchate. Me acordé que por acá hay una salida. Da a las alcantarillas. No, no al refugio. Era un señuelo. Estas si son alcantarillas. Nunca usamos todas alcantarillas. Dejamos bastantes tramos libres. Las partes de la ciudad más evidentes las dejamos libres y solo construimos donde nadie lo podía pensar. “la mejor forma de esconder algo es hacer lo evidente”, decíamos. Nadie iba a buscar debajo de las casas de los jefes. Pero no, acá nunca pusimos ninguna entrada a la guarida. De todas las zonas que ellos dominan, esta se suponía que era de nosotros, cualquiera hubiera esperado que acá armemos alguna revuelta. Pero no.  Muchas veces ellos registraron la zona y nunca encontraron nada. Debajo solo hay alcantarillas. Ven, por acá están construyendo, nos vamos a meter debajo y de ahí si a buscar salida. Pero agáchate. ¿Que no te enseñaron nada de táctica? A mi sí. Yo pase en la montaña cuando todavía no habíamos cambiado a lo urbano. Eso también fue obra del Rojo.

Ven, por acá es. Esa es la tapa del hueco. Por ahí tenemos que entrar. El problema es que hay tiradores allá, detrás de la reja y la entrada está al descubierto. Mejor nos esperamos un rato. Ven, en las gradas nos escodemos un rato y después, a mi señal, salimos.  Eso si, bien abierto los ojos. Revisa el perímetro por allá. Avísame si vienen guardias. Yo voy abajo un rato. Tengo una idea.

Vení. ¡Shh! Ahí vienen dos. Son las primeras rondas, están limpiando el área. Les vamos a coger a esos dos. Fresco. Son dos, ya me cercioré. Tu al de la derecha, yo al otro y les jalamos para acá adentro. Sin ruido. No, sin pistolas. Usa la navaja. ¿Si la tienes? Ya no importa, toma la mía. Acuérdate, la boca y de una la navaja al cuello.  Espera, espera, espera. A mi señal. Va… uno, dos… ¡ya!

……………………………………………

<¿De veras querido? Yo ya no soporto estos ánimos. Las mirada del servicio me hacen sentir culpable. Dime… ¿somos culpables de algo? Verdad que no. Ellos se lo buscaron. Si, son unos mal agradecidos. Después de todo lo que hacemos por ellos. Yo por las noches, hasta rezo por ellos y siento pena. Ellos no lo reconocen. Toda la congoja no es buena para mi piel ¿Pero crees que debió acabar así? Quizás, no sé ¿Otra solución? ¿Un poco, más diplomática? No se vería bien que te rebajes a su nivel. Si, amor, yo sé que no te dejaron opción. Pero no sé, últimamente casi no puedo dormir pensando en eso. ¿Te he contado mi sueño? Por las mañanas despierto muy agitada. Es horrible. Temo por ti. Prométeme que no dejarás que dañen la paz. Nuestra paz, la paz del mundo. Te amo. Oh mi sueño…  es horrible. Lo sueño cada noche: nosotros vamos ganando, sin embargo la angustia mancha el sueño, como si fuera un cuadro pintado en la tonalidad del miedo y el agobio, un cuadro hermoso que no deja de trasmitirme miedo y culpa. Tú ya  habías derrotado a ese tal Rojo. Y solo quedan dos, están atrapados, pero se esconden. Podría jurar que uno de ellos es apenas un niño, pero qué más da. Yo los miro pero ellos no me miran. Se esconden tras unas gradas, son ratas tratando de llegar a su guarida.  Sus caras, a pesar de todo, son dulces, aguerridas. Tú sabes, querido, que me opongo a todo esto de la guerra y menos defendería a esos salvajes, pero debo reconocer, solo ante ti, por supuesto, que sus caras guardan esperanza, me conmueven sus esfuerzos. Y verlos en mis sueños, es como si los conociera de memoria, como una reminiscencia. En fin, te ahorraré detalles tontos y te diré que al final ellos mueren. Nuestros soldados los capturan y los fusilan.  Pero al matarlos, morimos nosotros. No sabría explicártelo bien. Yo estoy entre el público viéndolos morir, con gusto claro, además están nuestras amistades. Has preparado todo para brindar un hermoso espectáculo del fusilamiento, seguido de un maravilloso coctel.  Yo estoy con mis amigas, sentadas en palco y nos reímos. El cielo está rojo, como si fuera un atardecer eterno que se ha extendido desde miedo día. Como si el sol se desangrara y su sangre pagana tinturara el firmamento. Los reos suben al paredón y el capitán da las órdenes a los soldados. Nosotras fijamos la atención y disparan. Pero la explosión del cañón, terrible por cierto, no me despierta, sino que me crea un vacio en el pecho.  Un hondo agujero que de pronto empieza a sangrar. El tiempo pasa lento y nadie parece notarlo. Te busco con la mirada, tú estás flamante en tu uniforme junto con los generales pero sangras. Junto a tu sonrisa, un hilo negro de rojiza sangre lame las comisuras de tus fríos labios y tú no dejas de sonreír. Es como si cada disparo calara más y más hondo en mi pecho, junto a mi corazón, y en tu cabeza. Después de los disparos, me veo risueña, con el cuerpo destrozado, sentada junto con mis amigas lamentándonos por lo ocurrido pero loando el esfuerzo de los soldados. Yo voy pálida, llena de agujeros el vestido y mi cuerpo. Pero nadie lo nota. Te miró a ti y es horrible. Tu cabeza, mi amor, tu cabeza está destruida por la fuerza de los disparos. No queda nada, solo pellejos y carne quemada, sin embargo no dejas de sonreír; las balas no han tocada tu boca. Todo alrededor de tu boca es horrible. Y con la sonrisa radiante subes  a la palestra y hablas. Nadie se altera o corre a revisar tu salud, todos te atienden con hipnotizada atención. Mientras tanto, los cuerpos no han caído. Están intactos, con los ojos vendados. Muertos.  Y nosotros vamos felices, vivos, con los cuerpos destruidos y los rostros horribles, al coctel. Dime si no es un sueño horrible.>

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Bien hecho. Ahora lleva el cuerpo tras ese escritorio, escóndelo bien. Eso nos dará tiempo. Ponte las ropas, solo la chaqueta y el pantalón. No, no te desvistas, póntelos encima. ¿Lista? Paso doble. Vamos a la entrada, como si hiciéramos guardia. Tu relajada, eso sí atenta. Fresca. Vamos. Terminamos la ruta y regresamos. Vamos. Eso, tu tranquila. Bien, acá hay guardias, yo hablo, y volvemos. Tú no los mires directo. Relajada. Eso… no importa, ya paso, olvídalo, ¡no hables! Ya paso, no era tu intención, ahora camina. Nadie lo notó. Eso, vámonos por donde vinimos. Eso, relajada. Ahora en el codo, no seguimos recto, sino que curvamos para la alcantarilla, debe estar abierta. Ponte delante de mí. Saltas, te dejas caer. No regreses a ver. Eso sigue. Bien. Voy yo. Creo que no nos vieron. Ya acá en las alcantarillas el asunto cambia. Corre, no tenemos mucho tiempo. ¡Mierda la sirena! Nos vieron. Corre….

II

La mejor manera de matar a alguien es un tiro en la cabeza. Así no solo le quita la vida sino que además se le matan las ideas. La mejor manera de matar a alguien no es como se los mata ahora. Para matar a alguien, uno debe colocarse a las espaldas y evitar cualquier contacto con los ojos. De esta manera, tanto él que mata, como el que recibe la muerte pueden realizar el acto sin ningún inconveniente. Es que la mirada antes de morir se crispa. Algunas están muertas desde antes del disparo, estoicas. Otras adquieren un ardoroso deseo. Hay quienes  elevan la frente como encarando al frio. Muchas cierran los ojos para no sentir el dolor. Algunos ojos derraman lágrimas. Para matar a alguien no basta con consumar el acto. El suspenso es divertido; prolongar cuanto sea posible la muerte es un requisito indispensable.

(R., Fragmento de diario, 1 de Enero, S/F)

III

A los 9

Cada golpe retumba en mis oídos, un poco más cerca cada vez. El misterio próximo se acerca de mil formas. Uno no teme a la muerte. Uno tiene miedo porque no conoce que vendrá después de la explosión. Si por lo menos…. Lloro. Cada lágrima no es igual a al anterior. Son como recuerdos. Y es que a estas alturas ya no sé ni por qué lloro. Tal vez sea muy tarde para creer en milagros. Tal vez mi mamá me busque. ¿Qué será de mi cadáver? ¿Morir duele? ¿Cómo se sentirá la bala entrando por mi piel y el frio cañón del revólver en mi nuca?

En este instante, será mejor ser el próximo. Es que no me gusta esperar. Un trozo de cabello… es de Marco. En lo alto del árbol esa hoja está por caer. Mamá nunca sabrá donde terminará mi cuerpo. Otro, más cerca. Cada noche muere. Yo podría jugar ese papel. Pero creo que el problema no es que mueran, sino que después del día las estrellas vuelven a aparecer en el cielo. Yo podría morir aurita, si supiera a donde voy a parar.

Mamá estará cocinando. Si hasta acá se huelen las ollas al fuego. Creo que no hay ningún otro olor, de los muchos que existen en las ollas al fuego, que se parezca al de la vieja olla que mi mamá pone al fuego siempre a medio día. Tengo hambre. Parecería que la lluvia aparte de mojar hace que los estómagos se vacíen. Pancho dice que lo mejor es comer cuando afuera está lloviendo. Personalmente a mí me gusta comer cuando tengo hambre. No digo que Pancho este loco, pero Cristina María dice que un día lo vio comiendo gusanos. A lo mejor por eso le gusta tanto la lluvia.

Otro. Ese era Pancho. ¿Acaso esta fila nunca se piensa acabar? Ya perdí la cuenta de los disparos. Marito me mira desde lo alto. Nunca lo había visto con ese poncho rojo. En este rato, sí sé por qué lloro. Marito no tenía ninguna culpa. Él solo quería ser feliz. Él no tenía la culpa de que no lo hayan hecho como a los demás. A mí no importaba lo que los demás decían. Marito era mi amigo y ellos lo mataron. Él era mi amigo. No hay lágrimas iguales. En esta vida ninguna lágrima debe ser igual. Las mías, las de aurita, son de rabia. Es que no tenían derecho. ¡A mí qué me importa que haya guerra! ¡A mí qué importa que se maten! ¡A mí qué me importa…! no tenemos la culpa de haber nacido acá. Marito no tenía la culpa de nada.

El miedo te consume hasta que no te queda nada. Mis piernas son de gelatina. Tengo frío y no es por la lluvia. Acá las lluvias son calientes. Acá los soles calientan más que nada. Acá la lluvia solo sirve para asentar el polvo. Solo he sentido este frío a la madrugada y no en cualquier madrugada. Fue la madrugada cuando papá se fue. Es el mismo frío. Los fríos en esta vida son iguales. No he tenido muchos fríos que digamos. Lo que si he tenido han sido calores. Con el tiempo uno aprende a diferenciarlos y como son tantos más vale aprender rápido. Papá me dijo alguna vez que no se podía esperar nada bueno de un cielo tan azul. A mí me gustaban los cielos azules, pero papá se fue tan pronto que nunca me los prohibió. Con Cristina María sabíamos mirar los cielos cuando había poquitas nubes. Una vez vimos hasta el mar. Bueno, es que no había muchas nubes y el cielo estaba tan azul que en el horizonte vimos el mar. Abuelita dice que alguna vez ella vio el mar y me dijo que quedaba justo por donde yo lo había visto. Eso se lo conté a Cristina María y se puso feliz. Ella no conocía el mar ni yo tampoco. Pero lo vimos, aunque sea de lejos, lo vimos juntitos.

Me pregunto si a Cristina María le dolió cuando se murió. Yo llegue muy tarde. Me acuerdo que ese día llovía, pero no como ahora. Ese día lloré en el río. Ese día también supe por qué lloraba. No sé exactamente por qué. Es decir, sabía que lloraba por Cristina María, pero no sabía por qué. Uno llora de felicidad, de tristeza o de rabia como por Marito. Pero ese día yo lloraba, solo lloraba y era como si cada lágrima fuera una mezcla de todo. La extrañaba. Y me dolía que desde ese día la iba a extrañar siempre.

Carlos. Ese era Carlos, estoy casi seguro. Ya mismo me toca. Ya mismo. Me parece que fuera a saltar de un peñasco. Como la primera vez que saltamos del peñasco al río. Yo estaba nerviosísimo de saltar, pero salté. Era el vacío y juro que vi toda mi vida y se me hizo bien larga la caída. Son los mismos nervios. Es el miedo a saltar. A lo mejor, yo no sé de ningún muerto que se haya vuelto a morir, no, sí sé, el padre dijo que un lasro, lastro, lazo, ¡Lázaro! eso, Lázaro era el único hombre que había muerto dos veces. Quizás haya sentido lo mismo que yo cuando salté y después me volví a subir al peñasco para volver a saltar. Si no fuera que ya nadie vuelve a vivir, todos nos moriríamos a cada rato. Es que es tan divertidísimo saltar del acantilado al río.

Sigo yo. No es mi culpa que llore. Estas lagrimas no sé porque se salen. Aurita solo respiro. Se secaron las lágrimas. Hay un frío en mi cuerpo; un frío fresco. Ya no importa la lluvia, el dolor de mis pies, no importa la verdad.  Ya no me importa nada, pero me siento valiente. Como un escalofrió de llanto en plena lluvia. Como una corazonada. Como si mamá me dijese que ya no hay por qué llorar, que todo ya pasó.

Y ahí está el sonido…

 

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