Un cuento de Omar Alejandro González Villamarín

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Omar Alejandro González Villamarín

Bogotá 1984. Licenciado en Lengua Castellana Universidad del Tolima. Director del Taller de Literatura y Escritura Creativa del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. Es editor de la revista de literatura Palabra realizada y coordinador editorial de la revista Ergoletrías. Ha publicado los  libros Música de Parcas (Cuento, 2013)  y  Sorbos de bilis  (Poesía, 2015). Reside en Ibagué desde 2003.

ASUNTOS DE CONCIENCIA

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Metí la cabeza en la tina y deseché por completo el mundo. Ahí, sumergido, sólo con mi cuerpo, soltando pequeñas burbujas  y a la espera de alguna señal que indicara un nuevo camino, más allá del respirar cotidiano y la seguridad del trabajo. Pero no. Sonó el teléfono y al contestar reconocí la voz de  mi compañera de oficina, mujer casi senil, que me recordaba los compromisos para el día, y por supuesto, el retardo de media hora que acababa de completar absolutamente desnudo en mi pequeña placenta.

Increíble que la fibra de vidrio y un poco de agua puedan apartarlo del mundo gritó la voz en mi cabeza y de inmediato salí de allí acabado por el pasmo aparatoso de la vergüenza social, degenerado rascabuches no podrá librarse de sus obligaciones como un zángano que al fin decide tirarse a morir a pesar de ser la carga para su colmena derrotado en mi propio argumento de ocio. Me dejé de güevonadas, puse pause al casete de la consciencia y salí, cabizbajo en dirección del metro. Media hora más tarde estaba sentado, ojo a ojo con la pantalla del pc, observando pálidas cifras bancarias y pensando en que quizá, esta vez, al salir no estaría lleno el metro de regreso coja un maldito taxi y ya está llega directo sin perturbaciones y si es por sentir algo de calor se coge una fantasía pornográfica en casa para abandonarse por completo en el misticismo de soledad que en verdad irradia.

-Esperan el informe dentro de diez minutos. Sala de reuniones. Estará el jefe.

-Ya está listo pobre comemierda a tirar velocidad e invención con los datos porque a la muy güeva se le acaba de encender el coco con eso del informe estaré a tiempo en la sala.

Que va, no sé en qué momento olvide el maldito informe ese. Yo, empleado modelo por más de tres años, Yo, sujeto eficiente y lleno de responsabilidad laboral, Yo, altísimo empleado con bajos ingresos y ocupaciones múltiples, yo grandísimo lameculos asalariado sumiso y poco crítico usted pedazo de gazapo en espera de un aplauso y una placa por obediencia usted individuo con altos alcances y competencias institucionales, colaborador, de confianza, dignísimo hombre de buenas maneras.

Por supuesto que entendí que en efecto haber olvidado el informe era la señal que esperaba, pues al cabo de dos horas me encontraba de camino a casa, despido inmediato, ni taxi ni metro, botando suela y reconociendo como nunca que existía el mundo, la calle, el andén, el mendigo y yo solitario desempleado y resignado bufón que se cree un nuevo Hop Frog que vencerá la tiranía sin nada entre las manos salvo un lápiz que logré robar a última hora, como para sentir que alguna vez algo en la oficina me pertenecía pobre iluso ni las sobras del sacapuntas le pertenecen debe reconocer al fin que se libró del mal para alcanzar una condición de especial libertad porque era cierto eso de que antes la gente adornaba sus escritorios de tal manera que hubiese algo familiar en ellos, un retrato, un portalápices con la figura de algún animal y un mensaje alentador como “pienso en ti cada momento” o “me haces falta” o estúpido aborto trabajando o lame hoyos y vencerás o… me hastía pensar tanta joda.

La cosa ya se fue por el caño, y libre o no, más temprano que tarde  el escaso dinero que me queda se hará vapor de cerveza entre las tripas de alguna ramera y las mías, plenamente desnudas en una playa de fibra en la que dos cuerpos superan el océano y por lógica, alguno tendrá que abandonar su fantasía marina para decir, me voy, espero verte otra vez ojalá nunca tenga dentro de mi esa peluda y débil verga milimétrica que ni se para ni da calor espero hallarte también, iré este viernes al mismo bar, cierra la puerta, no quiero más visitas.

Entretanto, sigo por esta calle abarrotada de silencio; todos van a casa en el metro magullados de respeto, contando el tiempo en sus cráneos esperanzados de conciencia para calcular si alcanzarán a ver noticias o cenar caliente. Me da lo mismo, también las veo, asumo la forma de la piedra y salgo a la cafetería por algo de pan y chocolate crítico solitario envenenado por cada mentira televisiva pero con los huevos de una pulga cuando se trata de accionar violencia comunitaria lengua larga frente al televisor y mutuo respeto cuando esta cara a cara con la ralea, cena común, no se trata de ahorro, ni dieta, es sólo un gusto adquirido desde que cenaba en casa con papá y mamá, sin otro hermano posible, hijo único  lienzo en la construcción copiada de sus padres sobre lo que debe ser un crio que como es costumbre heredará las vergüenzas miedos y frustraciones de sus adorables padres modelo a seguir sirvienta en casa macho afianzado obediente hijo cuarto mandamiento los amo, tanto como los odio.

Salvo uno que otro perro, la calle se revela intacta para mí. Quieta en su quietud de piedra y smog progreso fallido del cual es usted parte activa criminal esquizoide y vulnerable ente de contaminación continua intacta, como un no ser, un pseudoente que cobra vida cuando lo miras o determinas, tan complicado y simple a la vez, un maniquí ¡quién habla de manipulados! sometido a la burla, al escrutinio, al escarnio, a la belleza misma que la moda impone como forma estereotipada de consumo al fin le escuchó algo a este pendejo que no sabe sino amasar patrañas.

Si uno mira bien, la soledad en la ciudad puede ser treinta veces más agobiante que un niño que juega solo. Es triste, pero hay que reconocer que en su mirada inquieta, el niño alcanza la madurez sin proponérselo. En cambio, siendo adulto, teniendo todo a disposición de lo imaginable, un hombre no sabría qué hacer con tanta soledad, podría divertirse hasta sangrar, pero si nadie lo nota, si no hay siquiera un ojo que contemple la fechoría, no ha existido su feliz instante.  Creo que mi conciencia se apiada de mí; lo malo está en que no sé si lo hace porque me ve como un niño, o un infeliz hombre.

Ahora que las cosas se han volcado tengo algo de seguridad; lo estaba esperando, y si uno no sabe exactamente qué es lo esperado, cualquier cosa resulta sorprendente, y para mí lo fue sentirme desprotegido, vulnerable, ¡desocupado! Como siempre lo ha estado canalla o acaso cree que en medio de tanto dato financiero era realmente útil para algo o para alguien no alcanzaba siquiera el margen de una miserable cifra bancaria no era más que un hombre sin reales propósitos, pero con una suerte de libertad que aunque recién llegada, otorgaba mucho de ese aire autosatisfecho que suelen tener los indigentes, más conscientes de que el mundo debe servirles y no servir ellos al mundo.

Esa noche divagué por las aceras buscando un amigo, y a pesar de que estuve parado frente a una docena de nómadas sucios, enjutos, drogados y con ojos de infierno, no me atreví a  sentarme a su lado porque simplemente nuestra mísera felicidad no fraternizaba. Así que me dirigí a la casa y en el camino hice parada para comprar cigarrillo y cerveza lastimero y enfermizo personaje que no es capaz de sentarse al lado de un chirrete porque su delicada nariz no soporta el hedor de las palabras amargas de la experiencia que a borbotones expelen estos hombres pero me perdí en un parque cercano, sentado en una banca, mirando lelo el humo de mi cigarro y la profunda soledad y silencio de lo urbano. La única ganancia un resfriado que me obligó a permanecer en casa la mañana entera del otro día como si no supiera que el dichoso catarro se debe a las grandes aspiraciones que de vez en vez le propinan algo de cal a sus pulmones.

Unos minutos antes de las noticias del medio día sonó el teléfono y cuando levanté la bocina me invadió el sopesado tono senil  que me invitaba de nuevo a la oficina, que “era un error haberme despedido de manera acelerada, que -cómo no- cualquiera se equivoca, y que al fin, no era tan urgente el informe, es usted el dueño de este puesto y no conviene entregarle a otro su salario renunciando a la experiencia y compromiso suyo para con la empresa.”

-Que bueno, si no me han despedido puedo renunciar.

-No se deje llevar por la circunstancia. Mire que el jefe lo despidió en medio de la exaltación que le produjo su olvido.

-En la tarde llevo personalmente la carta de renuncia.

-Usted bien sabe que comete un error, muchacho, y no se puede unir a la ira. Dese la oportunidad de demostrar que usted es el único apto para el puesto.

-Esta tarde llevo la carta, y será irrevocable, y si no le parece grosero de mi parte, tenga un delicioso almuerzo.

Que tal la anciana, tomándose el atrevimiento de darme consejos que no necesito. Agradezca que lo único que colgué fuera el teléfono y no su garganta de una soga. No me explico aún desde cuándo permití que la vieja esa anduviera metiéndose en mis asuntos, trayendo café, mijito pa´quí, mijito pa´llá, jodase vieja decrepita entrometida come pollos busca lenguas espectro nauseabundo que pulula de oficina en oficina regalando sonrisas con los falsos y amarillos dientes que hacen juego con el poco brillo de ojos que le queda no se inmiscuya en mis cosas, dedíquese a la aventura de aferrarse a la vida porque la muerte le tiñe una a una sus canas y la invita al corte definitivo de cabello; a ver si cuando esto suceda la llama alguien a darle consejos, vejestorio.

Redacté casi enseguida la renuncia y salí en dirección de mi pequeña placenta, que para entonces, ya debería estar lista con su agua tibia y reconfortante a esa hora del medio día en que no dan ganas sino de renunciar a todo de manera irrevocable. Media hora, una hora y nada, nada que nada el pez en su laguna culicagado que todavía cree que en verdad un baño tibio soluciona el mundo cuando lo que en verdad sucede es que un torbellino de fría realidad lo espera cuando dé el primer paso hacia fuera de su canoa hundida siente como un Vesubio de tranquilidad erupciona su cabeza y aligera la entrante locura matutina que se ha ido entre la pereza y la sensación de dominio sobre su propia vida y es ahí cuando por fin aparece el decidido instante de salir, y salgo, resuelto a llevar la carta y tirarla en el escritorio del jefe con una mirada que le diga todo cuanto es en realidad.

No me afeitaré, tampoco habrá peine sobre mi cabello, ya bastante he soportado llenado la cabeza de gel para estar ´presentable´, y si por alguna razón al señor jefe se le ocurre hacer comentario alguno sobre mi aspecto tendré que callar gazapo no se atrevería a decir una sola palabra porque simplemente se caga del miedo cuando huela la loción del poder cuando ve su sonrisita burlona a la que le importa un culo si renuncia  o no cobarde recordarle que ya no trabajo para esta empresa y que es mejor que busque otro empleado que se apropie del puesto, que ni siquiera intente convencerme de explicarle al nuevo sumiso cómo funcionan las cosas, en dónde dejé los datos, cuál es el análisis financiero de los últimos meses, ni puta mierda, para eso me maté calculando cifras, elaborando estadísticas y qué me queda de eso solo la sensación de ser inútil para el resto del mundo pues entre cifra y cifra para el banco perdió la noción de vida, la dignidad y la hermosa sensación que surge del contacto fortuito con otro ser humano.

Aquí voy, camino del metro, debo estar puntual y pendejazo no cae en cuenta de que ya no debe cumplir horarios y quien debe esperar ese el otro si tan importante le parece para la empresa pues que espere dese el lugar  caigo en cuenta de que es mejor caminar, tomarse un aire para despejar la mente, asegurarse de que es vital para mi destino renunciar, entregar con serenidad la carta en manos del jefe, reclamar la liquidación y devolverse a casa para perderse a mitad de camino en un bar hasta que encendidas las mejillas pueda recibir la invitación mental que me hace la placenta desde casa. Doblo dos cuadras antes del metro y avisto una larga calle, desconocida, recorrido nuevo y mucha soledad, poco tránsito, es una endiablada condición de abandono, este lugar es mi avenida y si espera hallar algo deberá buscar en lo más hondo de su cabeza o acaso piensa que todo se revela al instante para la comprensión del ojo no existe más que una oportunidad para encontrarse a sí mismo  por extraño que parezca me es familiar, he visto esta calle en sueños, la he transitado en su inmovilidad y hasta crea haber cruzado palabra con alguno de los semáforos, siempre en rojo.

Un parpadeo me trae  de vuelta al mundo, voy camino de la oficina y de la calle aislada no queda más que una esquina, la cabeza da vueltas y no consigo confirmar del todo la posibilidad de quedar libre; qué haría con tanto tiempo y tan poco dinero, definitivamente no puedo entregarme al ocio al licor o la calle, nunca me he preparado para eso obtuso, quien ha sido preparado para la calle ella toma la presa nadie alcanza un grado de certeza sobre su permanencia en los andenes el previo aviso no es una opción sólo es real la noche y el despojo y la quietud del ojo que observa el mismo punto siempre el mismo instante el perpetuo negro sobre la pupila ancha ni siquiera sé por qué motivo viene a mí la idea de habitar el desarraigo, acaso no puedo ubicar otro empleo que demande menos horas para saciarme con el escaso dinero que quede después de pagar por el cuarto, asegurar el chocolate caliente de enfrente, pagar los recibos, sobre todo el agua con que llenar a diario la tina y sentir que me reduzco a la condición de un feto que duerme plácido en el líquido viscoso, en su amada placenta.

Decidí caminar hasta la oficina veinte cuadras bajo el rayo del sol para que definitivamente se tueste el cerebro a ver si de una vez por todas me desvanezco y dejo de habitarlo  para examinar detalladamente la forma y las palabras que emplearía para comunicarle al jefe que sin remedio me iría a buscar nuevos caminos. Las primeras cuadras pude devorarlas a gusto; pocos son los hombres que a esa hora del día se encuentran en la calle, casi todos mueren de sueño mientras afuera otros mueren de hambre y ahora resulta que debo ser yo el que solucione los problemas de la humanidad hambrienta Cada cual con su diluvio personal. Paré tres cuadras adelante y ya el sol secaba la garganta, así que entré a una tienducha y me hundí en un par de cervezas. Me las bajé pronto, dejé varias monedas encima de la mesa y seguí mi camino.

Debí tomar el puto metro. Muchas cuadras y aún no aparece la mínima intención de juntar palabras para gritarle al jefe que se vaya a la mismísima mierda, que coja su empleo de poca monta y haga él mismo las cuentas que necesita su entidad antes de irse de culo a la quiebra oigan a este, es que acaso no es suficiente con la simple entrega de la renuncia para qué insuflarse los pulmones contra otro al que de seguro le importará un comino la suerte de un pobre diablo  me deje en paz y me pagué una cuantiosa suma por la liquidación de tantos años de servicio honesto y puntual, un poco de dinero como recompensa para volverme mierda en un bar, saberme solo y solicitar compañía de alguna mujer que decida por poco dinero y con algo de trago acompañarme a un chapuzón, al hundimiento mismo del Titanic allá en el frío y húmedo océano que no debí dejar nunca.

Pensé muy poco, caminé muy pronto y cuando supe caer en cuenta estaba por la cuadra del banco, disminuí el paso y en poco me hallaba subiendo las escaleras del primer piso. El vigilante debió verme a la distancia pues tan pronto llegué a la puerta soltó su socarrón tono de bienvenida:

– Pase usted, es bienvenido. ¿Puedo colaborarle en algo?

-No se moleste, Un puñetazo sería la mejor respuesta para este imbécil que no desea más que socavar en mi angustia subiré a donde el gerente, hablaré con él y me iré.

-Es posible que no pueda atenderlo en este momento. Si usted desea puedo preguntarle a su secretaria.

-No será necesario, sé que me espera.

No permití que continuara con su impertinente ayuda, me escurrí adentro y subí al segundo piso, doblé  a la izquierda y me encontré de frente con los enormes y amarillos dientes de la anciana decrepita y desagradable carne ajada con pestilente aliento y mortal consejo compañera que de inmediato supo mis intenciones y trató de arrebatarme el sobre que llevaba en la mano. NO pude menos que empujarla un poco, sin demasiada fuerza para que no creyera que se trataba de un irrespeto a su débil ancianidad, además, en medio de todo esto ella siempre supo confortarme un poco con sus palabras y las esporádicas atenciones con café o aromática qué te ocurre pedazo de gazapo acaso no es obvio que lo único que quiere el adefesio es arrebatar de tus manos la posibilidad de libertad que ella misma se negó por años cosa que en su momento agradecí.

– Muchacho, no sea necio. Deje que el sol se lleve su enojo y venga mañana temprano, hable con el jefe y verá que él mismo habrá olvidado el impase.

– No necesito que me digas más. Iré a su oficina, dejaré el sobre y saldré, sin siquiera cruzar palabra, no pienses que le daré el gusto de verme irritado.

-Quisiera creerle, pero sé que no nada será como ha pensado.

La dejé atrás con su palabrería y continúe caminando un par de pasos hasta que di con el letrero en la puerta que anunciaba la oficina del jefe. Intenté tomar la perilla pero me detuve, quise golpear tres veces y en todas ellas mi puño se detuvo antes de la madera acojonado de mierda que no es capaz de entrar con autoridad  y dejar encima del escritorio del mequetrefe todo el orgullo que dice tener solo porque no desea que se vaya al piso la miserable liquidación con la que si a mucho podrá vivir dos quizá tres meses embebido de putas y trago y coca y  giré la perilla, entré sin esperar aprobación más allá de comprobar que la oficina estaba sola y dejé el sobre encima del computador.

Salí con la plena convicción de haber logrado el cometido. De bajada me estrellé a mi compañera de trabajo, besé su mano y solicité que dijera al gerente que había dejado un recado para él en el escritorio. Asintió compasiva y me dejó con un “suerte muchacho” que retumbó en mí hasta que salí del edificio. Tomé el metro incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la tina, algo de alcohol y una mujer con la que pudiera meter la cabeza y desechar por completo el mundo, sumergirme  y soltar pequeñas burbujas a la espera de una señal que indicara un nuevo camino.

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