3 poemas de Danny Yecid León Moncada

danny

Danny Yecid León Moncada

Moncada (Bucaramanga, Colombia, 1990). Se desempeña como director del Encuentro Internacional de Poesía de Bucaramanga. Textos suyos han aparecido en diversas revistas, tanto nacionales como del extranjero. Fue incluido en el libro Espejos de doble filo, antología binacional de poesía sobre la violencia, Colombia – México (Ediciones Atrasalante). Preparó las antologías La voz alucinada y La oscuridad tras el relámpago (Ediciones UIS). Ha publicado los libros Momento del decir (primer puesto en el VIII Concurso Internacional Buenaventuriano de Poesía), Cantar de bruma (Ediciones UIS) y Desde estancias habitadas (Premio de Poesía Editorial Praxis 2014). Recibió la beca Artistas Jóvenes Talentos Icetex- Ministerio de Educación.  Fue finalista del II Premio Nacional del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Letanía

A la memoria de Luis A. Calvo

 

Tengo la imagen de una casa derrumbándose, de las paredes cayendo a la nada, como mis dedos, como estas manos a las que diariamente el aire les resta una parte.

 

Cuando salgo en las tardes, me ataca la nostalgia y me parece que fue ayer que el piano se desafinó. Camino hacia el parque de acacias, paso por la iglesia y algo se muere en mí cuando el cementerio se levanta.

 

Y veo que todo está hecho de polvo, de recuerdos destinados a la lejanía y yo soy eso: el comienzo del olvido. Sobre mí pesan las nubes de un cielo calcinado por la historia, sobre mí caen despojos de palabras dichas, de bocas escuchadas con anterioridad.

 

Si el silencio existiera ahora, no sería más que una excusa para hacerme hablar, para que cuente la vida de los que se miran al espejo sin saber de sí mismos.

 

Pienso que todo está dispuesto para mi caída, pero me detienen los sueños en el último peldaño, las promesas que brotan de la inocencia, los días que he dejado pasar por no tener un almanaque en la habitación.

 

Tener que rondar la soledad, tener que trazar los pasos antes de caminar, tener que vestirme para mi funeral, para ese remedo del adiós, me está causando una herida, una llaga que me condena al exilio en mi propio cuerpo.

(De Momento del decir, 2012)

El jardín interior

 

No tengo casa.

Está derribada en medio de la noche.

Su dolorosa arquitectura

Se ha caído.

 José Revueltas

 

Hubo fuego en el hogar una vez.

Los inviernos pasaban lentos

y la casa se sostenía del cielo

con el hilo de humo que ascendía a diario.

 

Las ventanas tenían marcos pesados

y se empañaban de una fina escarcha

que removíamos con manos cansadas,

mientras veíamos afuera los caminos invadidos,

los árboles cubiertos de nieve.

 

Nadie venía hasta nuestra puerta

como en los tiempos de antes.

 

Vivíamos solos,

con el viento rondando las habitaciones

y el pan podrido de la despensa.

 

Recuerdo que la casa tenía un jardín interior

en el que jugábamos al entrar el verano.

Recuerdo que allí crecía el pasto

entre los matorrales que acogían insectos

o parvadas de pájaros agoreros.

 

Recuerdo que corríamos hasta el atardecer,

sintiendo la hierba y el barro en las pisadas,

cortando tallos o frutos mordidos

por la claridad del día.

 

Pero entonces llegaba el crudo invierno

y del jardín solo quedaban sombras recientes,

las hojas consumidas por la oquedad

y el frío sincero del abandono.

 

En esos días había fuego adentro

y sin importar las tinieblas

permanecíamos vigilando la herida del sol

en la mañana trémula de nubes.

 

Pero ahora es distinta esta morada:

ya no hay luz de candil que valga en los pasillos

ni lumbre que arremeta contra la oscuridad.

 

Podemos sentir cómo se detienen los relojes

porque tiemblan las paredes

y nuestras palabras sortean la mudez.

 

 

Pronto no tendremos qué decirnos,

seremos cuerpos inmóviles

que contraen la fiebre de la locura

y el discurrir del tedio.

 

Pronto el techo se desplomará de tanta nieve

y caerá sobre nuestros huesos,

sobre el aliento que contiene los cimientos

y la memoria de esta casa en ruinas.

 

Sin embargo, el jardín persistirá:

las hojas tallarán su figura desgastada,

las flores roerán los colores

y entre las ramas del cerezo

habitará una araña tejiendo su tela.

 

No quedará después del deshielo

más que el rumor de la araña al invadir el aire

y poner en movimiento las palabras,

el ruido que perdura en los escombros

a pesar del invierno

y la insistencia de nuestro olvido.

 

 

Tendido en el lecho

 

A Francisco Trejo, por la amistad

 

Que no venga el viento de antaño,

con su arista incansable,

a poblar las hendiduras,

a hacerse ruido con la respiración

que tienta a oscuras

las paredes de la estancia.

 

Que no traspase el hielo,

aterido en las ramas de los almendros,

ni trastoque la ráfaga herida,

entre hojas y cortezas,

esta honda postura en que yazgo.

 

Que todos olviden la ruta sinuosa,

a través de la maleza y los despeñaderos,

y no regrese el rumor de pasos

hasta mi puerta clausurada.

 

Que el turpial y el venado de montaña

perezca al beber del aljibe en el patio,

cuando la niebla se asiente

y sea de las horas un transitar desmedido.

 

Porque reclamo para mí el silencio,

la tranquilidad impuesta en los párpados,

esa urdimbre de sosiego

necesaria para los abandonados.

 

Quiero ya la justa ración de olvido,

que nadie repare en su memoria

los recuerdos o mi cuerpo menguado

por la violencia de tantos inviernos.

 

Exijo la soledad en este momento,

justo ahora que mi lecho está tendido

y la sangre mana sin premura.

 

Pero me permito una palabra más,

las sílabas desgranadas en mi pecho,

para decir que voy como agua:

brotando de la noche,

discurriendo sin orillas y marea,

para caer en el último sueño.

 

Ya no veré el vuelo de la grulla

ni el trasegar sonámbulo del jabalí,

tampoco asistiré al pregonar de la aurora,

con su tonada desleída,

en los juncos de la cañada.

 

Así, entre el humo y la ceguera,

entre rescoldo y ceniza,

me quedaré inerte, casi murmullo,

mientras mi cuerpo ahonda el silencio

y la voz en el alma recomienza.

 

(De Desde estancias habitadas, 2015)

 

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