Un cuento de Oscar Vargas

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Oscar Vargas:

Banquero de las  letras se la pasa enamorado.  Publica en las noches de luna  llena en Lector 24, periódico digital de México. Ha colaborado con todos los eventos culturales que se beben la palabra y suele  escuchar a los bohemios porque considera en ellos una salvación al aburrimiento.  Participó en un taller de cuento y suele escribir poemas cuado tocan a su puerta.

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DE LAS CARTAS ANÓNIMAS A LAS MANOS INVISIBLES

 

Pongamos que en una pelea a 12 rounds un boxeador lanza más de 400 golpes y acierta el 25%, no es una estadística, ni siquiera es parte de intuición alguna la cifra escrita, sin embargo, un poco así es el boxeo, intentas golpear mientras el otro esquiva tus guantes, el otro hace lo mismo, tú llevas el cuerpo hacia los lugares vacíos que no alcanzan sus puños. No imagino el número de kilos perdidos en una pelea, o el dolor al que se somete cada pugilista cuando está en el ring al sentir el golpe en su cuerpo; el que recibe en los nudillos según la fuerza con la que golpea, y tampoco el de los músculos tensionados cuando no logran el objetivo y el puño se pierde en el aire.

A las diez de la mañana del domingo acordamos vernos en el gimnasio, una pequeña bodega en la que entrenan aficionados a diferentes deportes, el ring está por casualidad, porque el azar va sembrando aquello que usará para luego hacerlo aparecer como por arte de magia en momentos como este.  El cuadrilátero fue construido por un anciano que llevaba a sus nietos con el propósito de hacerlos boxeadores, asunto sobre el que no había obtenido el consentimiento de su nuera. Ella, como era de esperarse, al verlos con la nariz rota y los ojos morados, lo obligó a desistir del empeño.  No hubo quien quisiera quitar las cuerdas y el entablado sobre el cual estaba armado, así se quedó, y sobre él, algunos deportistas hacían ejercicios que nunca estuvieron pensados para luchadores.

En el tercer día de entrenamiento me había fracturado una costilla, roto los labios, hecho una herida en el pómulo izquierdo y otra en la ceja del mismo lado de la cara.  Esto no era buen augurio, ni siquiera las dos semanas de vacaciones de la oficina alcanzarían para quitar cualquier rastro de las heridas dejadas por el sparring, y pensaba yo entonces, menos aún, las que el hombre, contra quien pelearía, me dejaría en el cuerpo al enfrentarme durante cinco rounds de tres minutos cada uno.  Los culpables de esto son el ego, los celos y mi mala fortuna. Bueno, para ser exactos no fue la fortuna, yo había empezado a escribir cartas, por pura pasión sin destinataria alguna, y las cartas hablaban del amor y de la ternura, de vivir y enamorarse, de estar juntos, nunca para siempre, solo por ese instante, cosas así, escritas con descuido.

Las cartas las fui dejando una tras otra en la misma mesa del comedor de la oficina.  Una sala grande con muchas mesas, eso era el comedor, en el fondo, muchos hornos microondas para calentar los alimentos.  No sabía yo que, en la misma mesa, en el mismo lugar en donde yo dejaba las cartas, una muchacha se sentaba después de la hora del almuerzo. Cuando todos habíamos abandonado el lugar ella iba porque su horario, a diferencia del mío, tenía un desfase de una hora.  La fortuna, por no decir mi vanidad, quiso que yo pusiera el nombre de uno de mis personajes favoritos de la literatura, todos iban firmados por Abdul Bashur, el personaje de Mutis.

Ella tomaba cada carta, acompañaba la comida preparada la noche anterior en su casa con las letras que, también, yo el día anterior había escrito en el apartamento.  La casualidad, o la vanidad (la mía), me expuso en una de las conversaciones propias de las cafeterías. Le dije a alguno de mis amigos sobre los personajes de mis libros favoritos, detrás de mí, un muchacho con 15 centímetros arriba de mi estatura, varios kilos de músculo por encima de los míos, y con la vigorosa fuerza de los jóvenes, escuchó lo que le era necesario: que yo firmaba algunos de mis escritos con ese nombre.  Nada más necesitó para esperarme a la salida de la oficina y hacerme prometer que nos liaríamos a golpes porque ningún hombre estaría por encima de él ante su novia.  No tengo idea, eso pienso ahora, del motivo por el cual no me defendí con la palabra, quizá, debido a que días antes había visto a su novia; una jovencita hermosa con los ojos puestos en la distancia exacta con la cual yo miro el horizonte: una muchacha con la sonrisa sin alas caminando extendida sobre las nubes y la tierra.

La novia del fortachón tomaba las cartas, las leía y las guardaba en su bolso.  El novio la esperaba afuera de la oficina, iban juntos hasta su casa, y sin que ella se diera cuenta, o quizá sí, quizá sabiéndolo ella, él leía también las cartas que yo escribía.

A las diez de la mañana estaba yo en el cuadrilátero con los mismos tenis que me pongo los fines de semana y una pantaloneta que compré para el momento (no soy practicante de deporte alguno), me vendieron una para boxeadores: la parte baja me llegaba a las rodillas y en la parte alta, una línea blanca de caucho la sostenía.  Antes de escuchar mis reclamos mis amigos subieron a las redes sociales mi fotografía. Realmente estaba asustado, mi mejor amiga se acercó para decirme:

— Aceptar esta pelea acabó con tu dignidad, el sparring acabó con tu cuerpo, solo te queda hacer un buen espectáculo para la risa de todos antes de tu muerte — No me hacía gracia, eso sí, ella tomó los guantes y terminó diciendo que se sentían fuertes, “ánimo muchacho que nada se ha perdido, y contigo tampoco se perderá nada”.  Tampoco eso era gracioso.

Uno de mis amigos y la mejor de mis amigas, la de las burlas en ese momento, se acercaron a una muchacha, días antes de la pelea, la convencieron de invitar al retador (¿o campeón?), a tomar algo el fin de semana, más exactamente el sábado en la noche, y el hombre aceptó.  Grande es la fortuna.  Le dio todo el licor que pudo tomarse.  A las diez y cuarto de la mañana apareció, venía vestido con la misma ropa del sábado, la novia lo vio, y un mecanismo emocional desconocido para mí hasta ese momento la hizo aproximarse a la esquina en donde yo estaba de pie esperando, no la muerte, apenas una golpiza que me haría vivir la muerte muchas veces durante los cinco rounds a los que me había comprometido, y me dijo: “no te dejes”.  Yo pensé que había dicho también “yo te cuido”, pero no, dijo exactamente, “no te dejes, yo te admiro”.

Sentí una fuerza emocional de la que no me sabía capaz, no como para pelear contra el fortachón que subía al ring.  “Yo te cuido”, debo decirlo, nadie, además de mis padres me había dicho eso había logrado que sacara, quién sabe de dónde, una fuerza emocional como la que tuve aquel día.  Tal vez algunos de los golpes que le di al borracho hayan tenido la fuerza dada por esas palabras.  Ya no el fortachón sino el borracho (olía a trago, incluso en las otras dimensiones de las que hablan algunas religiones), se mantenía de pie por efecto de las lombrices que guardaba en el estómago. No exagero, según me contaron después, le dieron de beber licores de todos los países, al final le dieron tequilas, y cuando se los dieron brindaron por mí. Los amigos míos lo dejaron bien adobado para que sin tener que golpearlo cayera al piso.

Hubiese querido darle un par de golpes en la cara y devolverle las heridas que yo tenía en mi rostro debido al entrenamiento, pero no pude, apenas dimos tres vueltas en el cuadrilátero cayó borracho, no se levantó hasta dos días después según me enteré a la siguiente semana.  Todos fueron testigos, los amigos de él y los míos, era una pelea sin revancha, no peleábamos por ella, él solo quería “reventarme los mocos” para hacerme entender que ella era su novia y ningún poeta entelerido iba a sonsacársela.   No fue así, ni nos golpeamos, ni le sonsaqué a la novia.  Estuve varias semanas con el rostro hinchado porque el sparring sí tenía las intenciones necesarias para forrar de cicatrices la cara de los aficionados al boxeo. La novia lo dejó sin que hubiese intervención mía, yo dejé también las cartas y no volví a prometer amores a destinatarias desconocidas.

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