UN CUENTO DE JONATHAN ORTEGA

20428330_10155020344032098_1793574621_n

Jonathan Herrera Ortega

(1986) Escritor bogotano. Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Primer puesto en el Concurso universitario de Cuento escrito Semana del Lenguaje y la comunicación 2004 Universidad Distrital. Primer puesto en el concurso de Talentos Docentes 2011 de la Localidad de Bosa. En el año 2012 se tituló como Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Ha publicado en la revista virtual Histori-k. Ponente en el “III Seminario Internacional de autor: Tres días con J.M. Coetzee” de la Universidad Central. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana en el año 2016. Asistente al Taller de Escrituras creativas de Idartes, localidad de Engativá, 2016.

 

Por si algún día tú quieres estudiar

andamio-desmontable

            Escuché el llanto del niño al fondo de la casa. No había regresado a ese lugar desde el día en que supe que Juliana estaba embarazada y me entusiasmaba la idea de llevar a su hijo un rato al parque. El restaurante en el que había almorzado durante los años de la construcción era viejo, distinto al de mis recuerdos; sólo se veía destartalado el portón de un garaje podrido por el óxido con latas llenas de fisuras y grietas. En ese instante pensé en Juliana, recordé que fue allí cuando la vi por primera vez, cuando me pareció una niña viva y fresca. Tengo que aceptarlo, aún la extraño. El tiempo me ha ayudado a cicatrizar las heridas, a olvidarla despacio, casi sin fuerza. No es sencillo, siento que me duele en alguna parte del cuerpo; la conocí un día que ella nunca olvidaría, fue cuando tuve que darle la noticia de la muerte de su padre:

            —Hágame un favor, mamita —le di la mano, sus dedos eran suaves y delgados— ¿usted conoce a la señora Martha Hernández?

            —Claro que sí, es mi mami. Ya se la llamo. ¡Mami, la buscan en la puerta!

            Su voz me pareció tan dulce que no estuve seguro en verdad si había escuchado alguna vez, a alguien que hablara de esa manera. Esa voz aguda y femenina me escandalizo. Un pensamiento obsceno apareció en mi mente. Ahora había algo más urgente. No sabía cómo explicarme ni qué decir. Durante el camino, lo había pensado varias veces “señora, fue un accidente, esas cosas pasan en las construcciones”. En ese instante no se me hizo tan fácil. Las palabras se me atragantaron. Había decidido ir a darle la noticia a la familia, por hacerle un favor personal al ingeniero, “Hombre, Joaquín, hágame ese cruce, tengo los medios de comunicación encima y debo tratar el asunto de la indemnización”. Habían sido claros con nosotros desde el principio, en contraprestación de servicios, no habría cesantías, ni primas salariales, ni mucho menos indemnización.

            —Señora, Martha, nadie tiene la culpa, fue un accidente.

            Lo que venía después ya lo conocía de memoria, había estado en tantos funerales que tenía los oídos encallecidos por la luz perpetua brillando eternamente. Primero fue mi padre. Luego, mi madre, también mi hermano. Después, mi hijo menor, el pequeño. El apéndice. Recuerdo sus gritos de dolor. “Papito, me duele mucho, papito, ayúdeme por favor, papito” y luego su llanto fuerte, incontrolable, se parecía a un escándalo.

            —Don Joaquín, tranquilo, usted sígame —oí lágrimas en la dulce voz— ¿sabe qué es lo que me duele de todo esto don Joaquín? Mi papá me había prometido que iba a trabajar muy duro para que yo estudiara medicina en esa facultad. Ahora hay que mandar esas ilusiones a la mierda, ¿por qué vivir es tan jodido, don Joaquín?, ah, dígame… yo no entiendo por qué me pasa esto justo a mí…

            No supe qué responder. Emilio me había hablado sobre Juliana. Me había dicho que quería que ella estudiara, verla convertida en toda una profesional. Me contó de cuando era una niña, él llegaba cansado de donde estuviera trabajando a jugar con ella, Juliana era la doctora y él era el paciente adolorido que se sanaba con un par de caricias y dos besitos en la mejilla…

            —Tranquilo, Don Joaquín, no es necesario que me responda —empezó a llorar— ¿sufrió mucho?

            Tampoco pude responder a esa pregunta. La abracé fuertemente, la abracé como si fuera la última vez que abrazaba a alguien, la agarré con firmeza, mis manos de constructor, ásperas y gruesas sostuvieron por un momento su cuello, luego, su cabeza pequeña. Una sensación me recorrió el cuerpo, quise retirarla, pero ella se desbocó en un llanto inagotable, lloraba con rabia, como se tiene que llorar cuando se pierde a alguien que se quiere. Sentí su ira en su cuerpo de niña apretado junto al mío. A ella poco le importó mi sudor ni el olor de mis axilas, sin embargo, traté de que no notara el levantamiento natural que sobrevino por la emoción de tenerla tan cerquita, en mis brazos, no pude contenerme, bajé mis manos desde su nuca por su espalda, sentí su sostén, llegué a su cintura, traté de todas las formas de impedir que ella notara mi… finalmente se apartó.

            Me despedí de Juliana. No me sorprendí al buscar amor por las calles de la ciudad justo esa noche. Tampoco me asombró el parecido que había entre la chica que escogí en el lugar y la hija de mi amigo muerto en la construcción.

            —Usted me dirá qué quiere que le haga —me había dicho mientras se quitaba la ropa y se arrodillaba de espaldas encima de la cama.

            —Sólo le voy a pedir una cosa especial —dije, mientras desabotonaba mi cinturón— déjeme que le diga Juliana.

            Juliana le decía mientras la penetraba con furia, no había utilizado condón, era difícil para mí manejarlo, así que acepté dar los diez mil pesos de más. Juliana le decía mientras le cogía el cabello, con fuerza, y lo halaba como la crin de una bestia.

            —Sí, Juliana, dime lo que quieras, por diez mil más me puedes decir perra, si eso te gusta, si eso quieres —tocaba su espalda, pero me imaginaba que era la espalda de Juliana, buscaba sus senos y me imaginaba acariciando sus pezones tiernos, cuando me acercaba a la eyaculación, pensaba que era dentro de ella donde estaba. Sentí el vacío de la desilusión cuando reaccioné y vi a otra mujer. Salí de ella. No pude evitar dejar su rostro hinchado, era sólo el resultado de un impulso ciego que no pude controlar.

            Llegué a la casa donde tenía en arriendo una pieza. Alguna vez fui alguien, alguna vez tuve una vida, un trabajo estable, alguna vez yo también quise estudiar. Pero ahora sólo soy un espectro de eso que alguna vez quise llegar a ser. Pensé en Juliana toda la noche, en su figura, en su silueta. No quise contarle qué fue lo que sucedió a pesar de su insistencia. Emilio sólo hablaba de ella, de que quería verla estudiando, convertida en una doctora, según él, eso era lo que quería ser cuando creciera. Juliana era la única mujer en la vida que le había dicho que lo amaba, “una vez uno escucha una cosa de esas, Joaquín, uno no vuelve a ser el mismo”. Claro que lo sabía, Emilio, claro que lo sabía, mi hijo pequeño me lo había dicho, “papito te amo mucho”, mi hijo pequeño, mi familia, un día fui alguien, Emilio, un día tuve familia y dos hijos, una esposa que me amaba; ahora sólo existe este frío y esta ausencia, en mi mente la voz de Emilio…

            —Juliana va a ser doctora —se sostuvo un momento de la pala— necesitamos más médicos en este país, ¿no cree?

            Ese día el dolor de estómago había doblegado las fuerzas de mi hijo, no valieron las aguas, ni recostarlo bocabajo, ni ponerle hielo en la barriguita. “Necesitamos un doctor, Joaquín, un doctor” me dijo mi esposa. No había ningún modo. Las cosas ya eran diferentes. Fui maestro en la construcción, ahora no era nadie. Estudié para ser ingeniero, pero no para doctor. La última vez que enfermó vendí la radio y el televisor. Después de la ruina, no tuve seguro médico en el trabajo, y tuve que trabajar de obrero para que me pagaran algo. El dolor se le complicó tanto que no pude aliviarlo, por más que quise, “tranquilo, Yuyito, tranquilo mi amor”.

            —Joaquín, mire —me mostró una foto vieja, en ella, una niña abrazando a un Emilio diez años más joven— por lo hijos hace uno lo que sea mi hermano. ¿Usted nunca me contó por qué terminó trabajando en la rusa si era uno de los duros, papá?

            No pude llevarlo al médico, hace uno lo que sea, mi hermano, sin trabajo, hace uno lo que sea, por los hijos, trabajando en la rusa, papito me duele, papito, por favor, iba a ser ingeniero, necesitamos un médico, Joaquín, un médico…

            —¿Qué piensa Joaquín? —dijo Emilio.

            —Nada Emilio, en eso que usted me dijo… en los médicos.

            El día de la muerte de Emilio había un sol tremendo en medio de un cielo tan azul que parecía perfecto. Subió al andamio hasta el último nivel de los cinco pisos del bloque de cemento que era el edificio nuevo de la universidad. Estuve cuando un político puso la primera piedra, él también estuvo allí, pensamos que al fin podríamos trabajar. Emilio quería que su hija estudiara en esa universidad, eso dijo y lo contrataron. Por primera vez tuve miedo en mi vida de hacer algo. No sólo porque sentía una aversión natural hacia las alturas, me producían vértigo, sino por el sonido de metal oxidado, carcomido, del andamio destartalado y viejo. El espacio de los salones más altos me produjo cierta ansiedad. Me sentí cobarde, el ingeniero necesitaba acelerar y dejar lista esa parte:

            —Los obreros que suban allá, reciben una bonificación de veinte mil pesos.

            De sólo mirar hacia arriba, sentí un dolor agudo en las tripas, el apéndice.

            —Ni loco me trepo por allá —pensé en voz alta.

            Emilio fue el primero en alzar la mano. Era uno de esos hombres que hacía cualquier cosa por dinero. Yo debía mezclar la arena con la piedra para rendir el concreto. Sólo de esta manera, lo sabía por experiencia, habría alguna ganancia para los ingenieros. Tanto esfuerzo exigía esta tarea que me olvidé de comentarle a Emilio tener cuidado con los andamios, no le dije que se ajustara bien la cuerda alrededor de la cintura, para mayor seguridad, entre las pretinas del overol. Los materiales eran de lo peor, sólo de esta forma se abarataban los precios. Emilio me había dicho que cuando bajara me invitaba a almorzar. Hacía mucho tiempo nadie había tenido conmigo ese gesto de amabilidad.

            El sol golpeaba con fuerza a quien se atreviera a mirarlo. Escuché las macetas, las seguetas, la arena mezclándose con las piedras. Hubo un instante de silencio. Lo siguiente que escuché fue el sonido breve de un grito, muy ligero. Después, un golpe seco. Corrí hacia el lugar, tirado en el piso estaba Emilio, con los extremos desarticulados, el casco se había partido en tres pedazos. En el suelo, parte de sus pensamientos, dispersos. Alcé su cabeza, en mis manos se deshicieron sus recuerdos.

            —Tranquilo, mijo, tranquilo, ya llamamos un médico.

            Quiso decir algo, sus párpados entreabiertos.

            —Juliana… vaya… donde… Juliana… tiene que estudiar —los obreros agitados no me dejaron escuchar más.

            Desde ese día decidí ir a diario al restaurante de la señora Martha. Supe que algunos vecinos le decían que tenía intenciones con ella. Se mostraba amable, yo le sonreía y me sentaba en la mesa sola, la de la esquina. Me dijo que el primer almuerzo era a nombre de la casa, pero no acepté. Le pagué lo de tres almuerzos, doña Martha me decía que no había necesidad.

            —Es para ayuda de los gastos, mi señora.

            Doña Martha se alcanzó a ilusionar. Hasta que un día, Juliana ya iba por décimo grado, en el que me quedé mirándola en su uniforme de colegial. No pude evitar sentirme atraído por ella, por su olor, un olor que me fascinaba, cuando me traía el almuerzo siempre buscaba mirar por las hendiduras de su uniforme alguna pequeña parte de su piel morena. Si fui todos los días fue por ella, si pagaba el triple del almuerzo fue para darle algo de dinero a ella, para que pudiera estudiar.

            Justo allí decidí decirle a Juliana que tenía suficiente dinero para llevármela a ella y ofrecerle un cupo en la universidad popular. Finalmente, ya estaba cerca de terminar su bachillerato. Doña Martha, ya no me trataba igual…

            —¿Cómo le va? —me dijo de un modo frío y distante.

            —¿Está Juliana, señora Martha?

            —Sí, está por allá —dijo señalando el interior de la casa.

            —¿Puedo pasar?

            —Si no le da vergüenza…

            Decidí seguir. La casa estaba descuidada, la señora Martha se había hundido en el alcohol, su restaurante ya no tenía el mismo flujo de clientes que antes. Entré a una sala donde había una mesa vieja de un comedor. Allí estaba sentada Juliana en las piernas de un muchacho joven que le acariciaba los muslos por debajo de su falda de colegial. Los saludé y le pedí a Juliana un favor. Ella se separó de su novio y vino a hablar conmigo.

            —Juliana, ¿cómo está?

            —Bien, don Joaquín, bien, discúlpeme por no presentarle a David, es que es muy tímido y no le gusta hablar con nadie.

            —¿Ya casi se va a graduar?

            —El viernes don Joaquín.

            —¿Pudo comprar el formulario de la universidad?

            —Claro, don Joaquín —no era verdad— es mi única oportunidad.

            No me importaba el dinero ya. Le entregué mis ahorros de los cinco años que trabajé como obrero en la construcción de la facultad. Le dije que lo hacía por su papá, él se sentiría…

            —Dejemos a los muertos descansar en paz, don Joaquín —me dijo tomando el maletín.

            Sólo pensé en salir de allí. Tardé cerca de seis meses en volver. Durante ese tiempo busqué a Juliana en otros cuerpos tratando de encontrarla en muchas niñas que se parecían a ella. Ninguna quiso aceptar mi propuesta de dejar de trabajar para venirse a vivir conmigo. “Papi, no seas así, es que aquí me va muy bien” me dijo la Tatis, la que mejor me había tratado, hasta se alegraba de verme. “Me gusta porque usted es diferente”. La última vez que estuve con ella le mostré que no era cierto, que era como cualquier otro, que yo no tenía nada de especial, mis manos golpeaban incluso más fuerte que las de los demás.

            Traté de regresar con mi hijo mayor y con mi esposa, pero era tarde, había otro hombre que la hizo muy feliz. Me alegré por ellos. Volví donde Juliana. El restaurante era ahora una cantina. La reconocí detrás de su vientre de siete meses. Le pregunté por la universidad.

            —Míreme, don Joaquín, ¿qué quiere que le diga?

            En esa ocasión, por primera vez en mi vida, quise ser el padre de un niño ajeno. No podía aceptar el destino de Juliana, debía hacer algo por ella, quise decirle que si ella quería podía aceptar ser el padre del niño. Le pregunté por el papá, Juliana respondió con su silencio. Justo en ese momento entraba por la puerta del bar.

            —¿Qué hace este cucho acá?

            Ella le contestó que era un viejo amigo que venía a visitar a su mamá.

            —Usted me cree marica o qué, ¿no se da cuenta de que este cucho se la quiere comer?

            No era bienvenido en ese lugar. Salí de allí como la vez anterior. Me dediqué a trabajar durante algún tiempo en la pavimentación de una calle del sector. Llevaba mi propio almuerzo. Un día vi por última vez a Juliana pasar cerca con una barriga a punto de estallar y una carpeta plastificada que supuse llena de papeles médicos. Al siguiente día no asistí a trabajar, me quedé hasta las tres de la madrugada en una cantina, bebiendo a nombre de Juliana. Dos días después, cuando volví a la obra, me dijeron que me habían reemplazado.

            Decidí irme por un tiempo de la ciudad. Regresé luego de un par de años de dar vueltas por todo el país; estuve en Cali, en Armenia, en Neiva. Me encontré con la señora Martha, por pura casualidad, cuando estaba merodeando los alrededores de la universidad. La vi desde lejos y pensé varias veces, antes de decidir a acercarme. La saludé. La señora Martha tardó un poco en reconocerme, pero finalmente me recordó:

            —Joaquín, por Dios, ha envejecido usted por lo menos veinte años…

            —Señora Martha, el cansancio del trabajo —llevaba un coche de bebé y dentro un niño que se acababa de dormir— ¿es su nieto?

            —Así es.

            Cuando le pregunté por Juliana, la señora Martha dijo que ella se había ido para el cielo. Su voz se quebró al recordar. David, el novio de Juliana, proveía drogas a los adictos del sector. Comenzó también a probarlas y envolvió a Juliana en el mundo artificial de la heroína y ese hipnótico placer. Una vez encontró a Juliana y a David adormecidos por el sopor. El niño llevaba dos días sin comer. Juliana nunca más despertó. No tuvo más remedio que demandar al padre. Cumplía una condena de seis años en la cárcel. El asunto se agravó cuando descubrieron que había perdido la mercancía de uno de los proveedores más peligrosos a causa de la adicción. Encontraron su cuerpo en uno de los baños de su patio de alojamiento, habían sumergido su cabeza dentro de una taza hasta ahogarlo. Los guardias dijeron que fue por una retaliación.

            —Señora Martha, ¿me deja darle un regalo al niño?

            Durante unos años me convertí en el padrino de Danielito, como le decía su abuela. Nos encontrábamos con la señora Martha cada quince días y le daba algo de ropa o un carrito. El niño me decía “abuelo”. Un día me ofrecí a recogerlo también del colegio. La señora Martha no le vio ningún problema, se lo entregué después de llevarlo a almorzar. No había vuelto a ese lugar desde la vez que vi a Juliana embarazada. Esta vez le llevé una muda de ropa nueva, y me encontré al niño llorando. No lo habían dejado ver televisión. Le dije a la señora Martha que me dejara llevarlo un rato al parque para que se distrajera. El niño puso la condición de irse con sus zapatillas nuevas. Íbamos en camino y le pregunté al niño si me quería:

            —Shí —me contestó.

            Era la segunda vez en mi vida que escuchaba eso.

            Decidí pasar por la universidad para contarle a Danielito que allí había trabajado su otro abuelo, Emilio, el papá de Juliana. Me dijo que su mamá estaba en el cielo.

            —Sí, papito, tú mamá está en el cielo —afirmé y le di un beso en la frente.

            Algunos estudiantes salían justo en ese momento y me dijeron que era muy lindo mi nieto. Acepté el halago y entablé una pequeña conversación con dos chicas que salían de clases. Estudiaban cuarto semestre de medicina.

            —Eso está muy bien —dije—. En este país se necesitan muchos médicos.

            Me despedí de las chicas y continué mi camino. Le mostré el edificio y le pregunté a Danielito si quería ser doctor. El niño estaba cansado y dijo que tenía sueño. Lo recosté en mi pecho y le dije sin que el niño me escuchara porque se había dormido ya:

            —Esta universidad la construimos tu abuelo y yo para ti, por si algún día tú quieres estudiar.

            Cubrí el sueño del niño con mi chaqueta. Lo acomodé para que pudiera dormir entre mi pecho y mi hombro. Seguí caminando bien abajo con el niño dormido hasta estar muy lejos en otro barrio desconocido. Me pareció que lo mejor para la señora Martha era que no supiera ya nada más de él.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s