3 poemas de Daniel Hernández

Daniel HernándezDSC_0143

Nació en Bogotá, en 1994. No deserta las tercas ansias de escribir lo que en la mayoría de veces, es un dialogo con el silencio.

 

Un Martín predicando

10 p.m., bajo el puente de la calle 10

 

Contempla las nubes del techo, desconsolado

como ceniza presa en caja de fósforos,

su corazón galopa con el ímpetu de 10 zorras

y la calle amarillenta

convertida en caries

se inclina ante él.

 

Una niebla de suspiro químico

despide aroma dulce,

se amarra a sus tenis errantes

y su entraña corre expulsada por una bazuca

cae, despavorido y ensimismado,

acurrucado mira lo inconcebible,

sudoroso, con la fatiga quebrada en sus labios,

Predica:

―Yo soy,

y dios, es también usted,

Cristóbal Colón hermano de Jesús de Nazaret

embusteros conquistadores ambos

―d i o s   invertido  s o i d―

Soy ese dios déspota,

dios de los dioses

que no saben que son dioses…

Oh Dios,

me dio sed.

 

Nadie escuchó.

Me quedé sin Moscatel

 

El justo fuego, a favor del lenguaje

te tumbó;

impaciente, bates tus alas

frotas tus patas

y pegada a una telaraña

esperas el fin.

 

Maldito zumbido de mosca

no me dejaba estudiar

y encomendado al fuego

ahora estudio

el lamento de un vuelo enjaulado.

 

Desesperada

mira su verdugo

tan increíblemente frágil:

una minúscula araña que ocupa el espacio

de un ala en el cuerpo de una gran mosca

ensordecedora.

 

La araña absorta

espera el momento exacto

para silenciar el aire

 

Consciente de su desventaja

rehúsa acercarse al huracán

que la mosca escupe

con su ágil movimiento agónico.

 

Haciendo temblar su tejida prisión,

el olvido que deja la noche

se ha depositado en las paredes

como recuerdo inquebrantable.

 

Muere la emoción en ti, mosca

efímera voladora

te burlaste de mí

interrumpiendo mi comodidad

y ahora me burlo

haciendo un homenaje

y extendiendo tu fatídica vida;

tras otros vanos intentos de escapar

quedas boca arriba

tratando de entender

el misterio.

 

Pegada tienes la agonía

y zumbas, tratando de emitir

una plegaria.

 

Pero no hay misericordia

sólo miseria en tu día.

 

Todo, fue tan rápido,

libre volabas

en una gran habitación

ignorando los parques de afuera

y de pronto, tu vuelo interrumpido

tropezó con el fuego

casual, encendido

para enardecer una imagen divina

el altar de un dios mudo

que te hizo descender

hasta la pura tiniebla

donde una araña pérfida

tiene su propia atmósfera

y no existe si no ella

y las víctimas.

 

Te descubrí atrás del cajón,

en tu lecho arácnido,

tu aullido en el aire

me reunió contigo

y la tejedora de tu destino

que deseosa

medía la distancia que te separaba

de este mundo.

 

Ya nada puedes hacer, mosca

tu destino era llegar a mí

con la vulnerabilidad de los seres

en tu rastro.

 

Manos a la obra

 

Esto es no tener qué hacer

y decorar, no,

decorar no,

infectar el pasatiempo

robarle ojos al ciego

y atraer la atención

de los moscos

ladronzuelos de entraña

con su aguijón entrometido

se contagian de esta sangre insípida

que sufre por este aparato,

objeto no herramienta

florero sin flores

con ínfulas de árbol

arrojando hojas marchitas

para que alguien las recicle

y sirvan

de papel higiénico,

al menos.

 

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