3 poemas de Ana Cardinali

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Ana Cardinali:

Poeta argentina, cordobesa que se entregó a la psicología y al arte cómo destino, oficia de terapeuta, de salva costas del llanto, de creadora. La obra de la poeta argentina Anna Cardinali se puede definir como existencialista o mejor aún como angustiosamente intimista. Destaca en esta poesía el rigor por expresar lo más preocupante de ser y de la agonía personal. Esta plataforma se clarifica por medio de un lenguaje conciso, pretendido para confesar y consolar, otras, para desahogar o señalar el engranaje visceral que hace posible la congoja, la depresión, la afirmación del amor y el desamor. Toca los grandes temas desde un tono siempre susurrante, anclado en las profundidades de la emoción humana. Su trabajo deja al descubierto las señales de una artesana que compromete su sentir y su vida en una guerra frontal contra la palabra que asombra. Su oficio apuesta por la autobiografía metamorfoseada en poema. El avasallante prodigio con que logra su voz también comercia el despellejamiento de sus incertidumbres y desesperaciones. Es sensual, amarga, ulcerante y perturbadora. Anna Cardinali es la poeta de las metáforas desgarradoras. Su poesía huele a deseo.

 

 

Matices del hambre

Acostumbrarme al hambre que no es hambre sino una cosa más perversa. Es un pulso en las venas, un malestar de guerra, ese rasgar el infinito para encontrar algo iridiscente y mágico; algo que se sabe inexistente, pero te obliga a creer en los lindes de su ausencia. Una sangre de alimañas, de pequeñas criaturas que zumban razones incompletas y te adormecen. Voracidad de carnes y pieles, de sustancias estériles y frágiles. Hambre de algo que bautice la existencia, que guíe sus bordes amorfos, que dispare en su centro y la saqué de su miseria, que llene los huecos con reminiscencias lumínicas.

Algo. Algo entero. Algo en su lugar.

Aunque sea una verdad sobre estas ansias que aparecen y desaparecen en la bruma de la inercia. Acostumbrarme a la tentación de devorar la conciencia, de llenarla de nombres absolutos para que tenga sabor a realidad.

Ahora respiro.

Ahora esta caverna hace que todo resulte insípido. Ahora temo los temores de la gente y se me prende una desesperación al cuerpo, una estúpida ansiedad, un querer abarcarlo todo, tenerlo todo, cautivarlo todo. No lo entiendo, la felicidad era mi transcurrir famélico. Y de repente me asume la normalidad y el pavor a los precipicios. A dónde ir es el interrogante que resuena en las médulas como si de allí crecieran las sonrisas.

Ahora me crecen las lágrimas.

No quiero hacerme cargo de esta sensación adulta, de este envejecer prematuro, de los días que arden. Pero ahí sigue la condición hambrienta, mientras más la disipo, más se afirma.

He alimentado al monstruo insaciable de la escasez.

 

 

Astillas de discurso

 

 

“Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.

Es necesario estar como si no estuvieras.

Olga Orozco

 

Me hablo entera, imaginada.

Sostenida del cordel de un tiempo que me encumbra.

Me hablo interna, destronada de nostalgia,

planeando mi estatura para la hora del retorno.

 

Entiendo que el principio era desquicio

y ahora que tengo más pulmón

me faltan índices para señalar la vida.

Me doblo y las mareas se doblan conmigo.

De nada sirve escupir hacia el destino

porque siempre acepta la saliva y espera.

 

He de crecer desde el pie de esta oscuridad.

Romper la fibra y asomar el coraje.

 

Me hablo soñada, como barrilete o como flecha,

como diosa del caos o viejo sabio,

me genero en estas formas irreversibles

que están llenas de voces, pero no tienen voz,

que corren desnudas, pero no tienen cuerpo.

 

Me hablo soñada y marcho a oscuras en mis pieles,

soy esta masa obediente que siente culpa cuando llora

y creo que mi corazón es un derrumbe.

 

Me hablo posible y breve, instantánea, silenciosa.

Me hablo también soledad,

un murmullo gigante

de no querer ya estar sola.

 

 

Mosaico de intenciones

 

 

Mírame,

suspendida e indecisa

como escarcha dócil

que arde en los dedos,

tan entera y completa

en el borde de tus manos,

como un cuenco dormido.

 

Recuérdame

en la pereza de los huesos

en el cosquilleo de los ojos,

llévate mi sangre púrpura

y el enjambre de sombras

que fluye en sus dominios;

 

seamos dos esporas mudas

que se exilian del maltrato.

 

Abandóname en tu cuerpo de árbol

enrosca tus raíces en la insistencia

de mis ideas vehementes,

 

déjame pecar

en la anatomía de un silencio

y luego piérdeme

en la vibración de las cenizas.

 

Aprendí tanto de la reiteración de la muerte

que ya no sé amar de otra manera.

 

Me acerqué a triturarte

a hacer un sueño de tus restos,

a esconder huérfanos en piedras anónimas,

a esperar que las grietas fuesen fértiles;

 

y hoy

los ríos hacen cauce en tu espalda

para llevarse las púas

de mis descalzas costumbres.

— ya no me reconozco triste

del otro lado del espejo —

3 poemas de Carolina Zamudio

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Carolina Zamudio:

Argentina del año 1973, nacida en el centro de la Mesopotamia argentina, la poeta aprendió de su niñez el resplandor estrepitoso que produce la humedad y el vértigo cuando la tierra y el río se convierten en esteros frondosos aptos para supurar lenguas que apaciguan el hambre de los yacarés. Estudió periodismo, ofició que le sirvió para viajar y pulir su poesía. Ha publicado varios poemarios con doble fondo, por un lado, buscando las huellas del viento y por el otro, intentando concentrar teorías sobre la belleza y la oscuridad. Sin embargo, enamorada del azar, la poeta sabe que toda su obra se circunscribe a las breves certezas que el sol le ha brindado.

Ha sido traducida y antologada en varios países e invitada a cuanto certamen se hace en cualquier parte. Pero lo mágico, es que después de errar por todos los desiertos del mundo, se enamoró de Colombia y ahora vive allí esperando que los peces de Mauricio Babilonia naden con ella hasta los esteros de Iberá.

 

 

Plenitud

Al amparo del árbol de la sabiduría india
en la letanía impasible de la tarde
con los brazos abiertos y las palmas al cielo.

Vuela una mariposa
y su impudicia
modesta síntesis de mundo en los ojos.

Templar belleza
mirando bajo las arrugas
la longitud de la nariz
el bosquejo del aliento
los pliegues de las orejas
hasta dejarla ir.

 

Entera

De boca en boca
del alimento al beso
recodo en la palabra.

Dar de comer
entregar
entera desde esta inmensidad
y finitud
desde mí
en el mundo.

Todo
desde esa boca que espera
el mordisco
desde esa otra boca
que concierta y se funde en esta.

Casi nada, ínfima
desde el cosmos
que —también— mide
se desboca.

 

Llorar

Llorar no es limpiarse
es mojar un vestido
correr el maquillaje
ahuecar los surcos de la cara
como cauce de deshielo
es sangrar del color de la piel
dejar algo esparcido
con anticipación, sobre la tierra.

Limpiar los ojos sí.
Después de llorar
lo que se ve recupera el foco
el paisaje es más claro
la flor naranja, intensa
hasta el tacto más sensible.

Limpiar
es solo cosa del agua
quizá de la lluvia, que no es agua
solo un rito que esclarece.

Las lágrimas son como de aceite
deslizan aquello
que —desde adentro—
viscoso
no puede más que verterse.

3 poemas de Julieta Desmarás

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Julieta Desmarás:

Bonarense del año 82, al vivir como una foca, gran parte de la infancia en los fríos territorios de sur argentino la piel se le volvió traslucida y ahora al sol resplandece poesía.

la poeta ha incursionado en las tablas y sus poemas ha sido incluidos en varias mamotretos nacionales e internacionales. 

como todo poeta que se respete le dio también por meterse en el mundo editorial y por ahí anda entre ríos y cajones su primer poemario. 

estudia una maestría en lo que más le gusta y se siente agradecida por los atardeces.

Estados desunidos

Las manos llenas de tiza,

el pizarrón repite:

‘’No debo escapar  de la escuela.”

El águila es libre,

las negras juegan con las negras

y  las blancas son blancas.
La Niña,

La Pinta

y La Santa María

vendrán  por mí.

El pasillo traduce,

mi hermano es cuadro de honor

y yo busco a wally.

Saco sólo C’s;

entrego una carta

(la escribo bien)

“Miss. Martin I hate you”

 

El águila es libre,

las blancas se aburren con las blancas

(y nunca bailan, nunca bailan)

las negras juegan con las negras

y conmigo.

Merienda

Voy a tomar un café, tal vez un té,

y espero no encontrarte en el fondo

ni siquiera en la borra de las tazas vacías.
Te quiero de porcelana,

junto a los juegos que no se tocan.

Circo

El circo es la pelusa de la ciudad
y  tu mensaje llega como las gotas
que golpean el caballo que espera
un paseo obligado bajo la lluvia.

Deberías tocar sin hacer daño.

3 poemas de Carina Sedevich

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Carina Sedevich:

Argentina  del año 1972.Rreside en Villa María, Córdoba, Argentina. Ha publicado  una modesta suma de poemarios y su palabra ya ha sido traducida a varias lenguas. Como buena especialista en semiótica su poesía condensa el poder de cada signo y como es licenciada en en comunicación, pues busca que esos profundos rótulos que se le ponen a las cosas puedan expresar  toda “La violencia de los nombres”. Su poesía es como cosas que están dentro de otras cosas. Es, en fin, una argentina que aprendió con la metáfora a decir lo indecible.

 Unas láminas de sarro se desprenden
y golpean las paredes de mi jarra.

Pienso en brillantes filamentos de mica
ocultos en la arena de los ríos.

Pienso en las mangas mojadas
que los poetas chinos
prefieren nombrar para no hablar
de sus lágrimas.

[Del libro Gibraltar – Dínamo Poético Editorial, Córdoba, Argentina, 2015]

Víspera de Navidad, junto al río 

No te merecí. Pero recuerdo tus brazos
como el viejo que evoca un paraje querido
en el que anduvo durante muchos años,
mudo, como transita uno las certezas.

No te merecí. Pero recuerdo tus brazos
tan pálidos, tus dulces vellos oscuros.

[Del libro Cuadernos de Lolog – Pasto Ediciones, Córdoba, Argentina, 2016]

En una película oriental
los muertos eligen un recuerdo
para vivir en él como un insecto
inmóvil en un ápice de ámbar.

Buscan momentos sin exaltaciones
en los que no pudieron vislumbrar
resabios de pasado o porvenir.

Al fin,
prefieren recordarse solos.

[Del libro Un cardo ruso – Ediciones del Movimiento, Maracaibo, Venezuela, 2016 / Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2016]

3 poemas de Melisa Mauriño

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Melisa Mauriño:

Argentinita con capa freudiana, esta poeta modelo 85, lucha por la vida de los demás y enseña con el mismo entusiasmo con el que escribe sus poemas. Ha ganado un concurso pero con él pareciera que se hubiera ganado todos los premios de la palabra; En los últimos días la poeta sigue tejiendo la crisálida precisa para salir volando. “La piel de la oruga” es el poemario, ella la poeta, una viajera que le encanta ponerle alas a los corazones desasosegados.

La piel de la oruga

Así como la ninfa

yo también tejía

ese capullo negro

en el corazón de la noche

del derrumbe

trenzaba los hilos

de mis largos cabellos

alrededor de tus dedos

ya estaban humedecidos

de tanto escarbar en mi nombre

caído en esa grieta de luz

que unía y separaba tus labios

de los míos

no usabas alianza en ese dedo

pero mis hilos

quizás demasiado frágiles

aún se cortaban

a la tercera vuelta

y tenía que volver a empezar

como si yo también cayera

del borde de tu tiempo

Así como la ninfa

yo también

me bajaba despacio

el vestido como la piel

de la oruga deslizándose

hasta tocar ese final de cuento

anunciado hasta el hartazgo

y aún así

igual que ella

vi con horror la pausa

el vestido,

muerto en la mitad

del cuerpo,

descubriendo a medias

lo sensual, lo trágico

del amor

cuando no se termina.

Psyché

                        A Midori y Anastasios

Ya eran casi las cinco

del verano

la línea entre los postigos

se filtraba rosada, fulgurante

como una espada de luz

cortando con su filo la noche

desnudando las horas

sin sueño

se abría rechinando

la mañana fresca

amarilla

en su vaivén metálico

golpeaban inseguras las ventanas

como alas de la casa

demasiado pesadas

para este cuerpo frágil

de par en par las dejé

para oír mejor

el otro aleteo, desesperado

más verdadero

un grito que desconoce la lengua

como si el viento modelara la carne

con su soplo inocente

y aún supiera

algo del mal

así se agitaba la polilla

dentro de su jaula

volaban sus pelos, afuera

como las suaves plumas

de una guerra de almohadas

pero sin risas

también mujer, pariendo con dolor

agarrada a las rayas diamantinas

de su encierro

malherida, pujando fuerte

cada uno de sus huevos

a la vida

algunos sobre su abdomen

y yo con un pincel

que no pinta, otra caricia

dejándolos caer

de su vientre convulso

te dije no duermo si ella sufre

nunca vi la muerte, tan pegada

a la vida

es tan raro que la oruga

no sepa de polillas

de sus padres, de sus hijos

sólo de orugas y hojas

y se olvide

cuántas veces muere

cuántas vive

y después el letargo

en esa bóveda de oscuridad

se olvidan de sí, se creen orugas

como nosotros creemos ser niños, bellas, jóvenes

esclavos, enfermos, soldados

creen que siempre

van a ser orugas, y nada más

también nosotros

confiamos en eso

hasta que la muerte llega

definitiva

pero las polillas no conocen la muerte

sólo un puente

porque dejan la piel en la tierra

para subir al cielo, el cuerpo

una cáscara suave vacía

y volar todavía más alto

entre las nubes

donde no llega la vista

por eso mañana cuando encuentre

irreconocible un cuerpo

vivido y abandonado

al viento y su soplo

sabré que no es la muerte

sabré reír

sabré por qué las llaman psyché

como al alma

que huye rápido de una piel cansada

con ansias de llegar sin peso

al nuevo amanecer.

Pasaje

Una polilla se apagaba

se dejaba estrangular por las horas

agarrada a la pared de la sala de hospital

donde los vientres

estaban a punto de abrirse

supe que aun con su agonía a cuestas

quizás debido a ella

era todavía parte del mundo

porque al tocarla con mis yemas sentí

la gamuza de su cuerpo

recibirme humana

en su ser de insecto

¿te conté que antes de morir,

cuando no se aparean,

se vacían el útero de huevos

que están vacíos?

Estaba en eso cuando la acosté en mi mano

y el suyo era un cuerpo en coma

que reconocía la piel

con un profundo silencio

¿te dije que sus alas huelen como el polvo

acumulado sobre los muebles

después de una larga ausencia?

¿que es preciso desplegar muy grandes

los párpados para ver el salto inaugural

que la devuelve añeja, recién nacida

a la caricia del crepúsculo

guiando su último vuelo

de regreso a la tierra?