3 poemas de Javier Rojas

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Javier Rojas

Poeta y cuentista. Ha publicado cuentos y poemas de su autoría en varias antologías. Ganador en el 1er concurso internacional de poesía “En el país de los nadaístas” (2015) bajo el seudónimo Atómico Tropical; ganador de una beca del 2015 para la edición de talleres literarios del Ministerio de Cultura de Colombia con la que publicó en “Ríos ParaLelos II” (2015) poemas suyos. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas hasta séptimo semestre, actualmente estudia Español y Filología clásica en la Universidad Nacional de Colombia.

Columba

 

Traga palomita

¡Traga!

que los maíces explotan y zumban

¡Rápido!

que se los roban.

 

Embute palomita

¡Embute!

Que tus huesos se escurren de hambre

¡No!, ¡No vomites!

¡Mira como dejaste mis botas!

Lame que te quieren llena de gas

y granos pólvora

rápido palomita

rápido

todos están mirando.

 

Límpiate el pico que te van a disparar

mira que te lanzan semillas carnudas

mira que me volaron una pata

mira tú

me reventaron los ojos

¡No importa!

come y come

que yo salto con mi cojera

come de mis pedazos

masca su cascara gris.

 

¡Vuela palomita!

Vuela

con Eolo soplando en tus tripas sube

cágate en sus bocas

y préñalas con fuego blanco

con  su fuego  amigo

para que griten de alegría.

 

¡Tranquila Palomita!

Tranquila

cuando agoten los tiros de maíz miseria

te picotearas el hígado

harta de tanta paz.

 

PIÑATA

 

Los suicidas se parecen al domingo

los imbéciles al miércoles

y los muertos al lunes que esperas.

 

Como las piedras enfermas

esperas

escupido por un bulto de tripas y sal

un cartón esperas

ya sonámbulo

casarte esperas…

casado

e hijos esperas…

hijos

y morir esperas…

naciste muerto

y siempre muerto

del hilo esperas.

 

Cabeza de lápida

el purgatorio es una fila de banco

donde una corbata cuelga de tu nombre,

cuando vengan por tus huesos

súbete a la horca de su nudo ingles

y sonríe como un péndulo.

 

Sangre de batracio

con el cabello que pierdes

la muerte anuda una cuerda que busca tus pies

para halarlos con sus dientes de coral.

 

Y mientras

amarrado al techo

los niños te rezan el culo

con un palo borracho y pendenciero.

 

Padre sin nombre…

 

 

Padre sin nombre

al que le inventamos cuerpos

cuando olvidas el nuestro:

 

Sácanos de tu reino

pues en el Cielo tu voluntad de loco

volvió menudencias los huesos de tu hijo

y en la Tierra

los sancochas en obleas sin arequipe.

 

Llénanos del pan rancio

que traen los ángeles carroñeros,

que nos infle de lombrices,

y que asomen al ombligo

para recitar el génesis de las moscas.

 

Nunca nos perdonaste

y nosotros a ti menos,

así que déjanos linchar al que nos insulta

o a ti golpearemos.

 

Avaro de los vicios,

llévanos al costal de las tentaciones

que la usura amarra bajo tus axilas

y arrójanos a su boca.

 

Cuando estemos indigestos de su maravilla

escóndenos de las angelitas

Y su carroña mística.

 

En nombre de Sade,

Otraparte,

Y la Ofensa.

 

Amen.

3 poemasde Santiago Erazo

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Santiago Erazo

(Bogotá, 1993). Estudia Creación Literaria en la Universidad Central. Textos suyos han parecido en diferentes revistas colombianas de poesía como Otro Páramo o La Raíz Invertida.  Miembro del grupo literario Contracartel Segunda Generación.

Una tragedia

 

I

En el centro del espejo

Narciso vio el agua reflejada en su rostro.

 

II

A tumbos,

con las palmas al aire,

buscaba su rostro en cada gota de lluvia.

 

III

En la impotencia de su llanto,

cada lágrima un ojo derramado.

 

Mario Santiago lavando las palabras

 

“Era un lector empedernido

que tenía cosas tan extrañas,

 como meterse en la ducha y seguir leyendo”.

Roberto Bolaño.

 

Mario Santiago lavando las palabras

como se enjuagan las frutas recién compradas

en la plaza de mercado.

 

Sabe de lo sórdidas que llegan a los ojos,

del exceso de tinta en los bordes,

la erosión por el roce con los dedos,

lo deshidratadas tras ser vistas por otros.

 

Mientras lee,

la misma mano que vio Daniel en Babilonia

las escribe con un índice de sal

en el vapor del espejo.

 

Mario Santiago,

flor de carne,

piedra roída a mordiscos por la lluvia,

lava las palabras

como los gatos callejeros

se lamen

sus propias patas.

 

Alfabeto de yemas

 

Hay algo eléctrico

en la manera con la que el ciego

toca el espejo,

en la vibración calcárea del cristal

y el bagaje de sus dedos

por el diario galopar

sobre el trecho de las cosas.

 

Tras su palma se le escurren como agua

los rostros que el vidrio aún soporta

y, mejor que cualquier vidente,

observa en la punta de un reflejo

su relieve hirsuto.

 

Tal vez sabe

que la única tregua a su ceguera

se la entrega aquel viejo espejo:

memoria de la luz antes del origen.

3 poemas de Ángela García

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Ángela García

Medellín (Colombia) 1957. Poeta y traductora. Co-fundadora del Festival Internacional de Poesía en Medellín. Directora del documental “Tres preguntas y un poema” sobre poesía sueca. Dirige actualmente “El día mundial de la poesía” en Malmö. Es miembro del Centro de Escritores del sur de Suecia.

Algunos de sus libros publicados son:

Entre leño y llama, poesía, Ed. Prometeo, Serie Hipnos, 1993.

Rostro de Agua, poesia, Ed. Prometeo, serie Hipnos, 1997.

Farallón Constelado/ Sternige Klippe. Español-alemán, traducción de Jona y Tobías Burghardt,  Delta Ed., Stuttgart 2003.

De la fugacidad/ Om flyktigheten, sueco-español. Traducción de Lasse Söderberg, Aura Latina Ed., Malmö (Sverige) 2005.

Todo lo que amo nace continuamente, Univ. EAFIT, Medellín (Colombia) 2010.

Retablos del movimiento, Aura Latina, Malmö, 2013

Ha publicado también 7 libros traducidos del sueco y del francés al español, entre los que cabe mencionar los poemarios:

Lo Inconstante, Antologia de Lasse Söderberg, Ed La Otra, México, 2013

En stad utan murar, Magnus William-Olsson, Libros del Aire förlag, Spanien. 2012.

Las piedras de Jerusalén, (Trad. con Lasse Söderberg), Ed. Arte y Literatura, Instituto Cubano del libro, 2008.

A la orilla del Tajo

las varas de pescar hacen guardia

comandadas por el hombre de bigotes

con kepis y ropa desteñida por el sol

Cada tanto el paso de los barcos

provoca oleajes que tensan las cuerdas

Con la precisión de un orfebre

el pescador ajusta plomada y anzuelo

En las yemas de sus dedos

es un hilo de arena

el arte de pescar

Calibre de sueño

súbdito de la Gran Maestra

el agua que ondula

Puliendo este día

la silueta de un pescador

El agua ve por nosotros

             (Sintra)

Sabemos que el mar está allí

envuelto en lo blanco

desde esta altura del cerro se le ha visto

desde la antigüedad

Bordeado de eucaliptos y acacias

el sendero nos baja

Tenemos aún el sabor de la entraña del cerro

cordoncillo de cristal

descolgándose hasta la boca

El agua escasea
pero hay fuentes milenarias

Lo blanco nos algodona

puede ser que soñamos

si alguno de nosotros hablara

la voz haría un hoyo en la niebla

y despertaríamos

antes de que se esconda el camino

tras lo blanco
junto al mar.

El espejo de Damasco

Surjo de un sueño de quietud

donde vacilaba en moverme

y no encontraba mis vestidos

No tenia voz,

sin embargo sé de una ley en mí

más antigua que la noche que nos cubre.

Del tiempo en que el hombre

ajustaba sus gestos

a la danza del agua

y en estos valles siete maestros

fluyendo le enseñaron a tender

surcos y forjar tinajas.

Estoy aquí Damasco tras el poema

ese mapa sin la doble línea

que demarca las fronteras.

He venido a verme en ti

con nostalgia de tus perfumes,

de tus puertas entornadas.

Nací en otra Antioquia

cerca de otra Palmira

en la lejana Suramérica.

Estas ahí quienquiera que seas,

he venido a verte en mí.

Tu rostro guarda arena

en las comisuras y en las cejas.

Siento el sigilo del tiempo

contenido en tu mirada

pese al camuflaje de las lenguas

y las prédicas.

Apuntas tus agujas de sed

hacia lo inmenso y en el aire

entrelazas tus clamores

al fino arabesco de las golondrinas.

Desde lejos se ha oído el ajetreo

de tu sed de dios

cavando el pozo del miedo.

También tu puedes verme

frente a frente reconocemos

herencias de ruina,

y la propia voz musgo pagano

surgiendo silencioso

de la dureza perenne de la piedra.

Una certeza, una estela

dejada por la caravana

en el desierto de lo no escrito

como oasis borboteando

de la arena innumerable.

3 poemas de Fabio de J. Vargas Ospina

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Fabio de J. Vargas Ospina.

Nació un 29 de febrero del año bisiesto de 1948, el año del trasnsistor, de “El ángel ebrio” y de “El túnel”. Este montañero de Risaralda, en su juventud fue todo un trotamundos, viajó por todas las geografías del país enseñando a campesinos e indigenas a realizar camas, sillas y sueños. Profesor de bellas artes de la escuela de Pereira y profesor de artes plásticas de la Universidad Santander, pintor, escultor y maestro. Un cazador de naderías y también…mi padre.

SURREALISMO

Soy abismo en el que zambullo mis realidades.

Escucho a intervalos, distante,

el roer constante

de un escarabajo y busco

el lugar de los élitros esquivos.

Solo serrín. Residuos de pensamientos revueltos

de pensamientos dispersos

de pensamientos vacuos.

No se intuye en mi abismo

esa línea fina que

como el corte de un bisturí separa

las ambigüedades.

Solo aquel roer.

Solo serrín

hecho sombra me ocupo en recoger otras sombras

mientras el color de mis ojos cansados

se va tornando indeciso

con esa mirada que

hace sufrir la quietud de las gárgolas.

Sin embargo, no cabe,

es mi intruso que reitera

el zumbido de los élitros

indicándome la ruta hacia lo ignoto.

Solo serrín. Solo sombras.

Solo abismo.

Y, de pronto, surge un instante donde

de serrín y sombras amasados en olvidos

me reintegro íntegro y me surrealizo.

CANTO DE LA DESESPERANZA.

Soy un Cazador de Naderías

que se quedó en las visiones

de Escher y Dalí

victima consuetudinaria

de una metalepsis paranoica y

náufrago

en un mar de bestiarios y de utopías.

Calienta mis arterias

un río de luciérnagas,

de pájaros fantásticos,

de agutís y zarigüeyas,

de pasionarias y catleyas,

de serpientes emplumadas,

de Homero, Esquilo, Borges, Bach,

de nube y piélago.

Soy un cazador de naderías

émulo infame de

los oradores del Valle de Neander.

Sorprendido sin asombros

converjo en el punto en fuga de

los descubrimientos áridos

y los inútiles sucesos:

el apacible misterio del Planeta Rojo,

la clonación, esa inepcia

irreverente contra Natura,

la terca persistencia hecatómbica

del Medio Oriente

o el Alter Ego insoportable

de los descendientes del Tío Sam.

Proclamo en mi proclividad

mi escepticismo irredento

por las apologías apocalípticas

de los credos obsoletos,

las apologías del fascismo,

el superhombre de Nietszche

y la politiquería sanguijuela de los pueblos.

Creo tan sólo en la vida maniatada

por los eslabones donde esconde

su impredecible indecisión

bajo la oscura caperuza

la calva pálida visitante

de lo único absoluto.

Alimento mi alma torpe

de espejismos y ciclones

e intuyo alucinado, errático,

sangrientos venablos

en la diana de Selene

mi trágica-cósmica agonía bestiaria

se refleja en la clepsidra

y evoco cosas olvidadas:

falsas tabas dentro de una copa

hecha con el esplín de un clown

donde entrechoco suertes

estremeciéndome culpable del absurdo.

¿A qué éste ahora rutinario

de un oficio antiguo

donde el tablero acrílico paradoja

la curiosidad de un río de impúberes

cribando mi ánimo de sensibilidades,

poemas inacabados, aprenderes y acertijos,

discursos y ensueños de colores?

¿A qué este universo mío adentro

resonante de un pueblo

de imágenes y sensaciones,

de resurrecciones y nuevos morimientos

de apiñamiento de xilófagos

abriendo túneles en mi soledad,

¿Una soledad que impele renunciamientos?

Sin embargo,

hay en el fondo algo mudo, indescriptible,

que resiste lo proclive.

Resistir y no caer

es tener huella de gigante.

Caer es apenas leve arena

donde un tiempo sin memoria

juega su albur.

Espere impaciente la última jugada y no se dio:

mi otro yo o yo en el otro

desintegrando su universo

y reabriendo mis estigmas

acicateó decepciones presas

por la avidez desleal y tortuosa

del efímero váhala de la cannabis.

Espero sin esperar

─pasajero de espaldas a la vida─

con mi escaso equipaje,

sólo, en mitad de los raíles

mirando cansado el punto ambiguo

por donde el tranvía de las ilusiones

se ha ido en medio de la niebla

sin regreso.

LOA DE LAS METÁFORAS OXIDADAS.

A Mario Rivero.

“Nadie tiene cara de malo al cruzar una calle

o si recuerda cuando era niño”

Señor de las manos de gaviero,

rostro de bárbaro teutónico,

andar monacal, inquisidor

y voz de transeúnte cotidiano, anónimo,

del que no se sospecha siquiera

que bien puede “llevar de la mano a una dama

de la manera como se lleva una rosa”,

o bien, detener con su pecho de bisonte

los golpes de las sorpresas

la sombra de las sospechas

o las fintas de una espada.

Señor de la urbana visión cosmopolita

que rompe las baldosas

de la casa de don José Asunción Silva

con su huella de titán desahuciado.

Señor de los grises invierno y de los cálidos ponientes

en la capital asfaltada, efervescente de indigentes,

putas, falsos gigolós,

travestís con cara de Pierrots tristes

de poetastros y ladrones,

de dibujantes callejeros y danzarines en trance,

de sopladores de vidrio y aspiradores de “nieve”,

de vendedores de cuarzo y otras pedrerías baratas;

de revendedores de roba-señales, busca-personas,

celulares, canes, pirulís y canciones mendicantes,

volatineros y bota-fuegos en los semáforos.

Transeúnte de la cotidianidad,

de agujeteo de la lluvia cribando

la sórdida luz de una calle de Candelaria la vieja;

claxóns, maritornes, proxenetas,

niñas inhaladoras de pegantes,

noctámbulos erráticos y

y decentes de cornetes inflamados.

Monseñor del cuello del lobo marino

donde fracasan los entablamentos

ceremoniales de las orcas.

Monseñor de las manos boterianas

que pueden sostener sin romperla

la fragilidad de una burbuja de cristal

o borrar el día de un manotazo.

Así te vimos una noche

junto a Belisario y Mercedes Carranza

cuando atiborrados de esplín

alzamos nuestro vuelo de lechuzas hastiadas

hasta el alcázar de tus versos citadinos.

La lluvia en contraluz a la salida

azaeteba inmisericorde

el corazón del barrio

y calle abajo rodaba el canto oxidado

de tal o cual metáfora iluminada,

señor de mirar teutónico,

de andar monacal, inquisitorial.

3 poemas de Michael Benítez Ortiz

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Fotografía realizada por Cristtian Alex

Michael Benítez Ortiz

Nació en Bogotá en 1991. Se cree de 17. Ha ganado varios premios literarios fuera del país, pero nunca ha logrado tomarse una cerveza de un solo sorbo. Ha publicado tres libros. Fundó, junto a sus amigos, Ediciones con Tinta Ebria, un proyecto editorial que promete inyectar insulina a la —aún— diabética literatura nacional. Pueden buscarlo en Google.

Escribe en el blog:

https://michaelbenitezortiz.wordpress.com/

Contacto:

https://www.facebook.com/michael.benitez.3994

Poema escrito en un cuaderno ferrocarril de 100 hojas para pedirle el cuadre a Paula[1]

Coge bien la noche fermentada, aprieta bien la mano para que no se te escape. La noche es una pequeña ave que se le come el hígado al mundo cada vez que los relojes desocupan de basura sus billeteras. Tu olor es una jaula. Sacaste corriendo las arañas de mi diploma de bachiller. Qué hacemos si es mil-novecientos-noventa-y-algo y todavía no sé cómo embriagarme. Soy un niño al que apenas le alcanzan las monedas para comprarte un bon bon bum y pedirte un poquito para buscar ahí tu esencia y darme cuenta que no sabe a nada, pero igual sonrío.

            Se olvida uno de escribir porque el cuerpo es frágil y se quiebra degollando sombras con la cuchilla de un tajalápiz metálico. Soy tan mitómano que terminé de poeta y aunque no me vaya a suicidar, le robo un poquito de oxígeno a la vida para escribirte esto, que es mucho peor.

No sé si te estoy entregando una piscina de babas y sangre para ensuciarte un poquito, tal vez, oh Paula, debería regalarte un afiche de piolín o una chocolatina y decirle a alguien que te lo entregue por mí. O volver todas mis uñas silencio o fuego.

Quizá es pedirle mucho a un cadáver. Pero no soy yo el que canta, sino que el amor lo hace saltar a uno al otro lado, y se mira para abajo con miedo, pero al fin y al cabo, tranquilo porque uno se convierte en caída: una bala perdida en picada sobre la ciudad.

Por eso se dice que la poesía nunca sirvió para nada.

[1] Léase escuchando Suffering de The War on Drugs de fondo.

Indigencia

 

 Dicen

Que se la pasa leyendo papeles que recupera de la basura de los manicomios

Y escribiendo con tinta trasparente,

Que se emborracha de noche

—No por la noche—

Y que le gusta bien fría.

También dicen

Que trabaja en un sueño O mejor En una pesadilla

Y que dios, en persona, lo coronó con aureola de ateo.

Eso dicen

De mi amigo

Que escogió

Como costal

La poesía.

Sueño etílico

 

Si pudiera meter la noche

En una botella

Y no perdiera la vida en el intento

—O por lo menos las manos—

Me la bebería toda.

3 poemas de Paola Cadena

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Paola Cadena:

Rolita de la generación ochentera y viajera enamorada de los hoteles y los cinemas. La poeta tiene unas alas enormes untadas de diplomas y reconocimientos y sus poemarios han logrado ser bien valoradoss por oculistas renombrados. Está lejos de nuestro país pero sigue sintiéndolo en sus venas por  lo que, a veces, le  es necesario desangrarse en versos. Una linda poeta que se siente bien colaborando en revistas y en organizaciones, eventos y cuanta vaina sirve para  elevar el arte a jugo recetario contra el desasociego.

 

 

 

Cinema Paraíso

 

No es fácil construir un silencio que apunte al olvido

ese algo que se pierde cuando las imágenes desplazan al mundo

y el mundo es eso nuevo que intenta nacer en la pantalla

Yo le pediría a Dios cincuenta liras sin la botella de leche

porque no es fácil vivir este camino insípido de los soles

y las cintas, en cambio, saben ser amarillas y no tener luz

ni días

¿Qué otra posibilidad tiene el paraíso de ser paraíso

sino aquella de ser un invento escapado, fugitivo?

No me gusta vivir aquí, en esta hora de una noche

en esta habitación de una ciudad

en esta mujer que tiene un nombre

Me gusta vivir allá

en una plaza pública que tiene dueño propio

en una cinta que de vieja se convierte en incendio

en un cinema donde el paraíso tiene varias funciones por día

un paraíso cada vez

que se puede rebobinar si quedaron dudas de lo edénico

y repetir el hombre dormido que se traga los insectos de su sueño

el terror de ojos abiertos que se convierte en pájaros rojos

los niños que aprenden de senos lo que no aprendieron de sus madres

las prostitutas que cierran el telón para que la película esté en su sexo

un par de ojos quemados que se borraron de la cara

y se volvieron videntes al fin

La pantalla nos redime de tanta imposibilidad

de tantas alas para los pájaros y tan poco vuelo para los hombres

El cinema no se derrumba

siempre nos devuelven esa parte mutilada de las cintas

lo que no querían mostrar

tan sólo hay que marcharse solo y estar lejos

lejos

para volver a buscar la vida donde la vida se proyecta

 

 

 

 

Rompiendo las olas

 

La desnudez es un par de ojos sumamente abiertos

Una sonrisa de niña que no se sabe aún mujer pero quiere intentarlo

aunque los senos erectos le cuesten la vida

y la penetración se torne el juego de una iglesia sin campanas

Soy mujer y salgo a volar en mi caída

no aprendí a volar de otra forma diferente a los abismos

porque soy Dios y me castigo

Ser buena es una forma del dolor

como el pecado es a la vez un sacrificio

¿El amor?

el más pecaminoso de los martirios

 

Si te quiero podrías disgustarte

mi amor desagrada a los hombres

les incomodan mis ojos abiertos a su cielo

y debo buscarlos entonces en otros cuerpos que me dan asco

-pero nadie le creerá a una puta-

mi amor no existe más que en mi llanto.

La bondad es una enfermedad cuya única cura está en la muerte

 

 

Las flores del cerezo

 

La vejez como un don de la memoria

regala el olvido como el silencio mayor

Olvidar para asomarse en otros ojos

y ver que la muerte es una mosca que no debe matarse

Una mosca que zumba de reojo en los días

y que se anuncia como la sentencia de un sueño

 

El desconocido de mi vientre se llama hijo

asistirá a mi entierro pero no entenderá la tierra ni la muerte

no entenderá los años ni los fríos.

 

Sé cómo se muere cuando es necesario un baile

morir para que estés muriendo libremente

para que seas un hombre vestido de dama

un matrimonio sin cuerpo

que busca a Dios en un monte

 

Dios se llama Fuji

es un señor tímido que abrió sus ventanas

quiere vernos bailar el paso de su silencio blanco

 

La danza del Bhuto es un llamado

porque todos tenemos una sombra

un dolor y una búsqueda

Perseguir mi sombra

es una forma de bailar

Morir frente a un monte blanco

es una forma de estar vivo

 

La niña colgó mi nombre en su pecho

y luce mi sombrero como una lágrima

Así se van los ancianos

así los niños aseguran su muerte

su fatiga

su futuro de ya no estar

 

El amor es algo así como desentender el mundo

La mujer muere para que el hombre

con sus faldas puestas

baile en su ser.

 

 

.

3 poemas de Camilo Lee

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Camilo Lee:

Modelo 82, digno representante de los que empiezan algo y lo dejan por ahí porque se les olvida o les llama la atención otra cosa, en pocas palabras, un hombre de proyectos. aunque su destino era ser John Forbes Nash, este hombre se dedicó a otra matemática más mística y quizás más elaborada. Sigue dándole palo a los números por insistencia, pero su pasión es el desarrollo de conocimiento artístico. ha publicado unos cuantos poemarios y ha obtenido por ello ya un reconocimiento que es como decir que le sonó la flauta. El poeta es todo lo que tiene, los números lo saben.

Poemas seleccionados por el autor de la serie Voces de casa

X (La demencia)

Tiene algo que ver con aceptar

el tamaño de la estirpe,

su honda decepción, su resignada búsqueda

de cualquier otra cosa.

Es que la rota estrella de sus ojos

buscando un cielo en la carne,

 el frío en los vientos,

o cada caricia que olvidaron,

amasan un pan, una sonrisa

para la visita que se quedaron esperando.

 

La casa doblega la voracidad de las noches y sus puertas cortan los pescuezos de las sombras que intentan asomar sus hocicos por debajo.

Pero al ser olvidada la casa produce sus propios monstruos:

la inminencia que golpea el lado oculto de las paredes,

que rasca cuando todos duermen desde adentro los cajones cerrados hace años,

las sombras de las aves que cruzan de repente por el patio,

esas voces de casa que la transitan y pueblan más allá del silencio.

Y luego transitar por los lugares recónditos de mi cuerpo, y encontrar allí puertas desvencijadas, esquinas con extraños y diminutos habitantes, absurdas manchas en las paredes, en mi cadáver.

Por dentro las descomposiciones son violentas, las ventanas se rompen, legiones de imágenes se arrastran como cucarachas, mobiliarios ajenos germinan en la sangre mientras el calor de los días ensancha el hierro de las altas puertas a la cordura.

 

Roto de humedad, acicalado de tristezas sofisticadas,

el aire, el vuelo,

 sus pájaros contra la lluvia,

 el sol flotando en el jardín no soñado.

Ninguna casa, ningún rostro, ningún aljibe.

Nada. Sólo las esquirlas de los espejos y unas cuantas sillas desvencijadas.

El fértil polvo sembrándose entre las cosas:

baldosas despintadas, manchas en las paredes, arañas, maderas que crujen.

 

Pero no, no es que cobre algún sentido el deshacerse de la utilidad de cada trozo de madera,

no es que la muerte que puebla cada habitación pueda reemplazar

la brillante estructura de mi biografía:

sucede que la muerte no llega nunca, sucede que la casa siempre estuvo vacía porque era ella quien nos habitaba.

VII

 

La memoria tiene mucho que ver con el sol:

ilumina y enceguece al presente.

 

Las imágenes de la memoria

son vitrales que se superponen unos a otros,

que oscurecen la luz que podría atravesarlos

para hacer visibles sus figuras.

Es por eso que lo único innegable es el silencio y la transparencia

de quien,

hundido en una bocanada de tabaco,

de repente

recuerda.

II

 

Las baldosas pálidas en la casa,

las cañerías que gotean su humedad adentro de las paredes,

las materas llenas de lluvia en el jardín olvidado,

son los elementos de este lento desastre que ocurre mientras recuerdo,

mientras escribo,

mientras termino de fumar frente a las rosas del patio que se desvanece.

 

Olvidar el encuentro de las otras cosas,

las explosiones innumerables de lo que fue,

los ecos de lo que alguna vez dijimos en el abismo de lo que será,

el endurecimiento de los días alrededor de lo que pudo o podrá ser:

 

la potencia de la vida que soporta su propio peso como un árbol torcido,

como un cojo que fortalece hasta la deformación la pierna que lo salva.