Un cuento de Leonardo Pinto Villalva

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Leonardo Pinto Villalva

(1993). Quito – Ecuador.

Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Asistente de investigación y Becario de la Escuela de Lengua y Literatura PUCE. Trabaja como gestor cultural en varios colectivos dentro y fuera de la ciudad de Quito – Ecuador. Es coordinador de proyectos literarios como Biblofrenia y el encuentro de Literatura Universitaria En Cuento Corto. Además es Gestor de Andante, Rodante, Circulante, encuentro de Literatura y parte del equipo de la Velada de Trova y Poesía. Editor de la revista Espacio Público. Sus textos han sido publicados en revistas de Ecuador y México.

Rojo

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I

No sé. El Rojo debió llegar ya. No sé. El Rojo debió llegar ya. No sé. Es que el Rojo debió llegar ya.  Es que ya no hay tiempo. Ya no queda tiempo. El Rojo lo sabe. El Rojo debió llegar ya. Mira la calle ¿Crees que el Rojo no sabe eso? Si él fue el primero en anticipar esta mierda. ¿Crees que el Rojo no sabe? Estás mal si piensas eso. El man sabía que cuando pasara esto, debía estar. Si no ¿Qué sentido tiene haber perdido tanto, haber sacrificado tanto? Yo por él me metí en esta vaina.

¡Chucha! ¿Dónde mierda esta el hijo de puta del Rojo? Ya mismo llegan, ¡Mierda! Ya mismo llegan. Mejor nos vamos escondiendo. Si nos encuentran estamos jodidos.  De gana le hice caso. Es que yo también me porte cojudo. Estas cosas ya no sirven ¡Agáchate! Gil, casi nos ven. No vez que esta vaina está plagada de esos manes. Ya es tarde, pues. El Rojo ya no llegó. Chucha, por ahí llegan más. Estamos cagados. ¡Mierda! Yo sabía que este Rojo era una cagada. ¡Puta! Yo sabía.

¿Y ahora qué vamos hacer? Por acá ya no hay nadie. Solo estamos nosotros. Si nos cogen a nosotros, nos van a culpar de todo. Ve, a mi me importa un carajo su “Espíritu de cuerpo”. Eso que lo hagan ellos. Como a ellos no les van a coger.  Además, ¿Qué queda por proteger? Según yo, solo quedamos nosotros. Esos manes se tomaron la ciudad. El Rojo nos delató. Ya ni con los refugios contamos ahorita. Fue el Rojo. El man nos delató.

¡Que sí chucha! Si no hubiera hecho la cagada ya hubiéramos salido de aquí. Ya habrían llegado a sacarnos de aquí. Por aquí hay tres entradas seguras al refugio. Nosotros mismo las estudiamos en el mapa antes de venir; por protocolo pues. Ya sabes, por si algo sale mal, eso siempre se hace. Aunque según el Rojo, esta era la definitiva. Nada iba a salir mal. Sí, hasta yo me creí eso. Es que tampoco había por donde que la cosa salga mal. Todo estaba bien planeadito. Yo estuve por meses haciendo la verificación en la zona. Los informes decían que los jefes estaban tambaleándose. El último informe contó lo de la pelea. Los manes se venían peleando bastante. Pero la última fue la más dura. Si por esa, hasta uno de de los dos se fue. Por eso nos lanzamos a dar el golpe. Los jefes estaban débiles, todos lo sabían. Nosotros teníamos la zona bien trabajada, de eso no dudo; yo estaba a cargo. Nada podía salir mal. No… no fue improvisado. Revisamos todo. Todos los golpes anteriores, todas las tácticas que ya se habían usado, pulimos las mejores, comparamos errores, resolvimos las debilidades, todo. El juego de Arcibel. Eso hay que reconocérselo al Rojo, a él eso de la investigación le encantaba. Por él yo aprendí; aunque era tedioso, sirve. No, ahora ya no, uno le coge el gusto, ahora hasta es necesario.

Si, en eso nos gileamos. Nunca pensamos en una traición. Todos tenían metidos el espíritu de cuerpo dentro. Hasta yo, nunca pensé en la traición. Si una vez que salíamos del refugio norte, donde se hacen las reuniones de planificación, nos vinimos al centro con el Rojo, a pie, conversando. Y hablamos bastante. El pecado de él es que era muy fervoroso de la causa. Todos nos guardábamos nuestros recelos, y no era para menos. Todos sabíamos bien por donde iba la cosa. Pero el Rojo, no. El Rojo creía en esto. No, no era romántico. Él no. El man era práctico. Estaba convencido que se podía hacer. Y no solo por pasión sino porque sabía, realmente sabía lo que hacía. Con él nada era a la ligera. No había nada nuevo. Todo ya se había hecho, solo era cuestión de aprender del pasado. Ninguna idea era nueva, si nosotros lo pensábamos, alguien antes de nosotros ya lo había pensado. Entonces, buscábamos el plan, la idea, la táctica, lo que fuera, analizábamos sus errores, averiguábamos todo, la recreábamos, no dejábamos ningún cabo suelto. Después venia lo bueno. Cuando ya teníamos todo eso investigado, ejecutábamos el plan. Por lo bajo se contemplaba tres desenlaces. Después sí, todo era minucioso. Nos llevaba tres meses armar un plan. Cubríamos la zona. Seguíamos a los jefes. Averiguábamos los horarios, las rutinas de cada uno. Teníamos a gente adentro. Trazábamos el plan. Por suerte teníamos el refugio en eso tiempos ya terminado. Así que nos podíamos mover libremente por las calles sin preocuparnos. Éramos artistas cuando hacíamos los planes. Nada, ningún detalle quedaba suelto. Y todo gracias al Rojo. Para que ahora no haya llegado.

(¿Y si lo mataron?…. – pensó – solo para sus adentros. En lo más profundo, después de toda la rabia, más debajo de toda la tristeza, incluso más hondo que los rencores, sabía que esa posibilidad existía. Le dolió algo en el fondo, en ese fondo que evitaba pisar. Bien lo podían haber matado. Pronto recapacitó. El Rojo no era cualquier huevada. Esa posibilidad no existía. Sin embargo, algo dentro de él se quedo intranquilo y no era por la captura, que seguro iba a suceder, la tortura y todo lo que se les venía encima. Una intranquilidad, como si hubiera hecho algo mal, como una culpa que muy pronto iba a cobrarle.)

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<En días como estos, el sol es más intenso. Si, el verano. Ven, cariño, siéntate acá, el pasto está fresquito. ¿Has pensado que los días son todos iguales? Personalmente a mi no me molesta, pero hay algunos que prefieren no tener una rutina. Al diablo con todos ellos, a mi me gusta estar aquí recostada; el fresco de la piscina es perfecto. ¿Crees que algo puede alterar esta perfecta harmonía?>

…………………………………………………………………..

¡Agáchate! Estamos en la mierda. Nos acorralaron como a ratas. Si nos quedamos aquí nos van a matar. Ven. Pero agáchate. Me acordé que por acá hay una salida. Da a las alcantarillas. No, no al refugio. Era un señuelo. Estas si son alcantarillas. Nunca usamos todas alcantarillas. Dejamos bastantes tramos libres. Las partes de la ciudad más evidentes las dejamos libres y solo construimos donde nadie lo podía pensar. “la mejor forma de esconder algo es hacer lo evidente”, decíamos. Nadie iba a buscar debajo de las casas de los jefes. Pero no, acá nunca pusimos ninguna entrada a la guarida. De todas las zonas que ellos dominan, esta se suponía que era de nosotros, cualquiera hubiera esperado que acá armemos alguna revuelta. Pero no.  Muchas veces ellos registraron la zona y nunca encontraron nada. Debajo solo hay alcantarillas. Ven, por acá están construyendo, nos vamos a meter debajo y de ahí si a buscar salida. Pero agáchate. ¿Que no te enseñaron nada de táctica? A mi sí. Yo pase en la montaña cuando todavía no habíamos cambiado a lo urbano. Eso también fue obra del Rojo.

Ven, por acá es. Esa es la tapa del hueco. Por ahí tenemos que entrar. El problema es que hay tiradores allá, detrás de la reja y la entrada está al descubierto. Mejor nos esperamos un rato. Ven, en las gradas nos escodemos un rato y después, a mi señal, salimos.  Eso si, bien abierto los ojos. Revisa el perímetro por allá. Avísame si vienen guardias. Yo voy abajo un rato. Tengo una idea.

Vení. ¡Shh! Ahí vienen dos. Son las primeras rondas, están limpiando el área. Les vamos a coger a esos dos. Fresco. Son dos, ya me cercioré. Tu al de la derecha, yo al otro y les jalamos para acá adentro. Sin ruido. No, sin pistolas. Usa la navaja. ¿Si la tienes? Ya no importa, toma la mía. Acuérdate, la boca y de una la navaja al cuello.  Espera, espera, espera. A mi señal. Va… uno, dos… ¡ya!

……………………………………………

<¿De veras querido? Yo ya no soporto estos ánimos. Las mirada del servicio me hacen sentir culpable. Dime… ¿somos culpables de algo? Verdad que no. Ellos se lo buscaron. Si, son unos mal agradecidos. Después de todo lo que hacemos por ellos. Yo por las noches, hasta rezo por ellos y siento pena. Ellos no lo reconocen. Toda la congoja no es buena para mi piel ¿Pero crees que debió acabar así? Quizás, no sé ¿Otra solución? ¿Un poco, más diplomática? No se vería bien que te rebajes a su nivel. Si, amor, yo sé que no te dejaron opción. Pero no sé, últimamente casi no puedo dormir pensando en eso. ¿Te he contado mi sueño? Por las mañanas despierto muy agitada. Es horrible. Temo por ti. Prométeme que no dejarás que dañen la paz. Nuestra paz, la paz del mundo. Te amo. Oh mi sueño…  es horrible. Lo sueño cada noche: nosotros vamos ganando, sin embargo la angustia mancha el sueño, como si fuera un cuadro pintado en la tonalidad del miedo y el agobio, un cuadro hermoso que no deja de trasmitirme miedo y culpa. Tú ya  habías derrotado a ese tal Rojo. Y solo quedan dos, están atrapados, pero se esconden. Podría jurar que uno de ellos es apenas un niño, pero qué más da. Yo los miro pero ellos no me miran. Se esconden tras unas gradas, son ratas tratando de llegar a su guarida.  Sus caras, a pesar de todo, son dulces, aguerridas. Tú sabes, querido, que me opongo a todo esto de la guerra y menos defendería a esos salvajes, pero debo reconocer, solo ante ti, por supuesto, que sus caras guardan esperanza, me conmueven sus esfuerzos. Y verlos en mis sueños, es como si los conociera de memoria, como una reminiscencia. En fin, te ahorraré detalles tontos y te diré que al final ellos mueren. Nuestros soldados los capturan y los fusilan.  Pero al matarlos, morimos nosotros. No sabría explicártelo bien. Yo estoy entre el público viéndolos morir, con gusto claro, además están nuestras amistades. Has preparado todo para brindar un hermoso espectáculo del fusilamiento, seguido de un maravilloso coctel.  Yo estoy con mis amigas, sentadas en palco y nos reímos. El cielo está rojo, como si fuera un atardecer eterno que se ha extendido desde miedo día. Como si el sol se desangrara y su sangre pagana tinturara el firmamento. Los reos suben al paredón y el capitán da las órdenes a los soldados. Nosotras fijamos la atención y disparan. Pero la explosión del cañón, terrible por cierto, no me despierta, sino que me crea un vacio en el pecho.  Un hondo agujero que de pronto empieza a sangrar. El tiempo pasa lento y nadie parece notarlo. Te busco con la mirada, tú estás flamante en tu uniforme junto con los generales pero sangras. Junto a tu sonrisa, un hilo negro de rojiza sangre lame las comisuras de tus fríos labios y tú no dejas de sonreír. Es como si cada disparo calara más y más hondo en mi pecho, junto a mi corazón, y en tu cabeza. Después de los disparos, me veo risueña, con el cuerpo destrozado, sentada junto con mis amigas lamentándonos por lo ocurrido pero loando el esfuerzo de los soldados. Yo voy pálida, llena de agujeros el vestido y mi cuerpo. Pero nadie lo nota. Te miró a ti y es horrible. Tu cabeza, mi amor, tu cabeza está destruida por la fuerza de los disparos. No queda nada, solo pellejos y carne quemada, sin embargo no dejas de sonreír; las balas no han tocada tu boca. Todo alrededor de tu boca es horrible. Y con la sonrisa radiante subes  a la palestra y hablas. Nadie se altera o corre a revisar tu salud, todos te atienden con hipnotizada atención. Mientras tanto, los cuerpos no han caído. Están intactos, con los ojos vendados. Muertos.  Y nosotros vamos felices, vivos, con los cuerpos destruidos y los rostros horribles, al coctel. Dime si no es un sueño horrible.>

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Bien hecho. Ahora lleva el cuerpo tras ese escritorio, escóndelo bien. Eso nos dará tiempo. Ponte las ropas, solo la chaqueta y el pantalón. No, no te desvistas, póntelos encima. ¿Lista? Paso doble. Vamos a la entrada, como si hiciéramos guardia. Tu relajada, eso sí atenta. Fresca. Vamos. Terminamos la ruta y regresamos. Vamos. Eso, tu tranquila. Bien, acá hay guardias, yo hablo, y volvemos. Tú no los mires directo. Relajada. Eso… no importa, ya paso, olvídalo, ¡no hables! Ya paso, no era tu intención, ahora camina. Nadie lo notó. Eso, vámonos por donde vinimos. Eso, relajada. Ahora en el codo, no seguimos recto, sino que curvamos para la alcantarilla, debe estar abierta. Ponte delante de mí. Saltas, te dejas caer. No regreses a ver. Eso sigue. Bien. Voy yo. Creo que no nos vieron. Ya acá en las alcantarillas el asunto cambia. Corre, no tenemos mucho tiempo. ¡Mierda la sirena! Nos vieron. Corre….

II

La mejor manera de matar a alguien es un tiro en la cabeza. Así no solo le quita la vida sino que además se le matan las ideas. La mejor manera de matar a alguien no es como se los mata ahora. Para matar a alguien, uno debe colocarse a las espaldas y evitar cualquier contacto con los ojos. De esta manera, tanto él que mata, como el que recibe la muerte pueden realizar el acto sin ningún inconveniente. Es que la mirada antes de morir se crispa. Algunas están muertas desde antes del disparo, estoicas. Otras adquieren un ardoroso deseo. Hay quienes  elevan la frente como encarando al frio. Muchas cierran los ojos para no sentir el dolor. Algunos ojos derraman lágrimas. Para matar a alguien no basta con consumar el acto. El suspenso es divertido; prolongar cuanto sea posible la muerte es un requisito indispensable.

(R., Fragmento de diario, 1 de Enero, S/F)

III

A los 9

Cada golpe retumba en mis oídos, un poco más cerca cada vez. El misterio próximo se acerca de mil formas. Uno no teme a la muerte. Uno tiene miedo porque no conoce que vendrá después de la explosión. Si por lo menos…. Lloro. Cada lágrima no es igual a al anterior. Son como recuerdos. Y es que a estas alturas ya no sé ni por qué lloro. Tal vez sea muy tarde para creer en milagros. Tal vez mi mamá me busque. ¿Qué será de mi cadáver? ¿Morir duele? ¿Cómo se sentirá la bala entrando por mi piel y el frio cañón del revólver en mi nuca?

En este instante, será mejor ser el próximo. Es que no me gusta esperar. Un trozo de cabello… es de Marco. En lo alto del árbol esa hoja está por caer. Mamá nunca sabrá donde terminará mi cuerpo. Otro, más cerca. Cada noche muere. Yo podría jugar ese papel. Pero creo que el problema no es que mueran, sino que después del día las estrellas vuelven a aparecer en el cielo. Yo podría morir aurita, si supiera a donde voy a parar.

Mamá estará cocinando. Si hasta acá se huelen las ollas al fuego. Creo que no hay ningún otro olor, de los muchos que existen en las ollas al fuego, que se parezca al de la vieja olla que mi mamá pone al fuego siempre a medio día. Tengo hambre. Parecería que la lluvia aparte de mojar hace que los estómagos se vacíen. Pancho dice que lo mejor es comer cuando afuera está lloviendo. Personalmente a mí me gusta comer cuando tengo hambre. No digo que Pancho este loco, pero Cristina María dice que un día lo vio comiendo gusanos. A lo mejor por eso le gusta tanto la lluvia.

Otro. Ese era Pancho. ¿Acaso esta fila nunca se piensa acabar? Ya perdí la cuenta de los disparos. Marito me mira desde lo alto. Nunca lo había visto con ese poncho rojo. En este rato, sí sé por qué lloro. Marito no tenía ninguna culpa. Él solo quería ser feliz. Él no tenía la culpa de que no lo hayan hecho como a los demás. A mí no importaba lo que los demás decían. Marito era mi amigo y ellos lo mataron. Él era mi amigo. No hay lágrimas iguales. En esta vida ninguna lágrima debe ser igual. Las mías, las de aurita, son de rabia. Es que no tenían derecho. ¡A mí qué me importa que haya guerra! ¡A mí qué importa que se maten! ¡A mí qué me importa…! no tenemos la culpa de haber nacido acá. Marito no tenía la culpa de nada.

El miedo te consume hasta que no te queda nada. Mis piernas son de gelatina. Tengo frío y no es por la lluvia. Acá las lluvias son calientes. Acá los soles calientan más que nada. Acá la lluvia solo sirve para asentar el polvo. Solo he sentido este frío a la madrugada y no en cualquier madrugada. Fue la madrugada cuando papá se fue. Es el mismo frío. Los fríos en esta vida son iguales. No he tenido muchos fríos que digamos. Lo que si he tenido han sido calores. Con el tiempo uno aprende a diferenciarlos y como son tantos más vale aprender rápido. Papá me dijo alguna vez que no se podía esperar nada bueno de un cielo tan azul. A mí me gustaban los cielos azules, pero papá se fue tan pronto que nunca me los prohibió. Con Cristina María sabíamos mirar los cielos cuando había poquitas nubes. Una vez vimos hasta el mar. Bueno, es que no había muchas nubes y el cielo estaba tan azul que en el horizonte vimos el mar. Abuelita dice que alguna vez ella vio el mar y me dijo que quedaba justo por donde yo lo había visto. Eso se lo conté a Cristina María y se puso feliz. Ella no conocía el mar ni yo tampoco. Pero lo vimos, aunque sea de lejos, lo vimos juntitos.

Me pregunto si a Cristina María le dolió cuando se murió. Yo llegue muy tarde. Me acuerdo que ese día llovía, pero no como ahora. Ese día lloré en el río. Ese día también supe por qué lloraba. No sé exactamente por qué. Es decir, sabía que lloraba por Cristina María, pero no sabía por qué. Uno llora de felicidad, de tristeza o de rabia como por Marito. Pero ese día yo lloraba, solo lloraba y era como si cada lágrima fuera una mezcla de todo. La extrañaba. Y me dolía que desde ese día la iba a extrañar siempre.

Carlos. Ese era Carlos, estoy casi seguro. Ya mismo me toca. Ya mismo. Me parece que fuera a saltar de un peñasco. Como la primera vez que saltamos del peñasco al río. Yo estaba nerviosísimo de saltar, pero salté. Era el vacío y juro que vi toda mi vida y se me hizo bien larga la caída. Son los mismos nervios. Es el miedo a saltar. A lo mejor, yo no sé de ningún muerto que se haya vuelto a morir, no, sí sé, el padre dijo que un lasro, lastro, lazo, ¡Lázaro! eso, Lázaro era el único hombre que había muerto dos veces. Quizás haya sentido lo mismo que yo cuando salté y después me volví a subir al peñasco para volver a saltar. Si no fuera que ya nadie vuelve a vivir, todos nos moriríamos a cada rato. Es que es tan divertidísimo saltar del acantilado al río.

Sigo yo. No es mi culpa que llore. Estas lagrimas no sé porque se salen. Aurita solo respiro. Se secaron las lágrimas. Hay un frío en mi cuerpo; un frío fresco. Ya no importa la lluvia, el dolor de mis pies, no importa la verdad.  Ya no me importa nada, pero me siento valiente. Como un escalofrió de llanto en plena lluvia. Como una corazonada. Como si mamá me dijese que ya no hay por qué llorar, que todo ya pasó.

Y ahí está el sonido…

 

3 poemas de Pablo Echeverría

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Pablo Echeverría:

 Ecuatoriano de la cohorte más advenediza, la generación Y; él la lleva en sus venas como si sólo se tratara de un gaje del oficio ya que su memoria pertenece a la historia de un mundo donde escribir era el pago posible que se hacía con el corazón en los dedos. su cabeza atribulada de nueve del Cotopaxi, está en estos momentos intentando terminar una carrera justa para seguir comunicando su lio con el mundo. Más allá de sus poemas está el soñar, el querer que es ya un empezar a hacer. El poeta juega, lleva un cuarto de partida.

 

 

Mi vida rompiéndose

Sobre mi cuerpo el cansancio

el sueño eterno

la tristeza y el odio.

Sobre mis ojos la lluvia y la neblina que se devora al mundo entero

Sobre mis labios la noche y un grito de ayuda desde lo lejos

Sobre mi rostro una llaga incurable que me condena al perpetuo silencio

De este sueño nada, nada más que el horror de ser otro, o el mismo, todo el tiempo

Al despertar, mi vida en pedazos nuevamente.

La noche más larga

No somos la noche más larga.

No somos, ni fuimos la vida corta que esperábamos.

No somos, ni estamos en donde deberíamos.

No bebimos en las alcantarillas.

No ligamos a las mujeres más guapas.

No concretamos el suicidio en masa.

No tenemos el cuerpo de un hombre (escondido en la cajuela).

No perdimos a Pedro en la secundaria (sin contar que ahora se llama Elena). No creeremos en Dios (hasta que Elena se embarace).

Somos solo un desierto de ideas y un trío de payasos malhumorados.

Somos otro peldaño en el porcentaje de desempleados en la madre patria.

Somos los espectros de una generación espontánea que solo escuchó a JJ en el iPod de un amigo.

Somos la fuerza bruta encarnada en cuerpos pálidos e hilarantes.

Somos el pánico de la noche, el analgésico de la abuela y los dedos de quinceañera descubriendo su cuerpo. Somos el arma en la sien del suicida; somos la bala y somos el hombre que aprieta el gatillo mirando en el espejo su cuerpo desnudo (lleno de lágrimas).

Somos la parodia de la muerte en la portada del Extra. Nos venimos sobre el “Lunes sexy” y al terminar, caemos en cuenta que las vaginoplastias y las cirugías reoperatorias tienen mejores resultados cada día.

Somos. No somos. Fuimos. Estuvimos. Lloramos y crecimos. No somos la noche eterna. Fuimos la muerte desnuda frente a la orilla del mar. Somos Paco, Elena, Pedro, Mario, Santiago y el desaparecido Miguel. Somos la noche más larga y en las mañanas, solo somos la sórdida caricia de un engaño.

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De mi boca solo un gemido y de mis manos

que me recubren la cara,

un par de lágrimas.

De mi cuerpo el estertor de estar vivo,

de abrir mis ojos como ante un sueño y

pedirle al cielo que me atraviese una espada el alma.

3 poemas de Sandra de la Torre

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Sandra de la Torre:

Poeta quiteña que despertó del silencio en 1971. Ha sido editora, guionista y realizadora audiovisual, lo que significa que ha querido hacer de su vida una película o un poema. Es cofundadora de una editorial que le rasca las nubes al cielo y de otra, que le gusta abrirle, agujeros a los zapatos. La poeta ha recibido honores por parte de uno de los festivales más reconocidos de Ecuador y ha publicado ya varios poemarios, por eso, sus poemas han sido compartidos en varias revistas digitales y por tal, ha logrado figurar en algunas antologías que ya dejan claro que la poeta cuando cierra los ojos no es para dormir sino para crear santos personajes, o santas arvejas, que es casi como sembrar un dios en medio de tanta inclemencia.

A Renán

Dicen que ya no valgo
que no viviré ciento veinte años
no salaré la tierra no me encenderé en luz
dicen que me pudro a velocidad
Parece mentira cuando mi único síntoma era una tosecita
molesta al inicio
que no cedió con jarabes de miel
ni jaleas de abejas reinas de la Amazonía
ni con antitusígenos de la farmacia
La tos creció en frecuencia hasta causarme un desmayo
y una radiografía simple reveló que mi paso por el mundo
no era más relevante que el de una hormiga
No sé si habrá hormigas predicadoras y no importa
ellas también morirían anunciando buenas nuevas bajo un zapato
que pisa al azar
Una radiografía simple mostró que soy una casa tomada
que mi afán predicador debajo del sol era vanidad
Será mejor tragarse otra píldora de ajo
y estas palabras carrasposas
enfrascadas junto a los remedios inútiles
en la mesita de noche
No digo más
no me embarco en filosofías
zarpo a Nínive con la boca cerrada
y con la boca abierta me acecha la ballena
en el mar incorrecto
Callo
para escuchar el oxígeno en la última recámara
Lo que dije lo dije cuando aún valía

Atrae mi atención terminal
el partido de fútbol en la tele
soberbia ficción con protagonistas y oponentes
que consumen su aliento tras el balón bendito
con pleno conocimiento de sus escasos noventa minutos
y la certeza de un perdedor irremediable
Importa sólo el fútbol ahora que las preguntas gritan en los graderíos
y las respuestas no valen ya
como yo
como estas palabras que nunca dije
y no sé si las pensé
o si se filtraron por mis
ojos ya
quietos

Me calzo los crampones
me enguanto me encordo
abotono la gana de romper el viento
hundo mi pie en la pared resbaladiza
llora el enlucido lágrimas de yeso
avanzo a la primera ventana
el cristal me retrata antes de retractarme
me aferro a la cuerda como péndulo de reloj
una queja se desmorona entre los escombros
que caen sobre los transeúntes
que alzan a ver mi contorsión cinética
que alzo a ver en el cristal de la tercera ventana
repitiéndome en la retina del rascacielos
cierro los ojos para no repetirme en mi retina
no consigo no ver la película de mí
ya es mío el vértigo verdadero
caigo en cuenta del destino
oigo motores como truenos en el cielo de asfalto
aspiro demasiado aire demasiado poluto
trago saliva pierdo sudor en el quinto piso
mi quinto reflejo dice que soy un guiñapo agazapado
sonrío y saludo por si alguien dispara
incrusto las uñas en las rendijas
soporto la gravedad de la ley
no muy lejos no tan fría ni tan blanca está la cima
acampo un rato en la cornisa
la alfombra de Aladino se sacude en el piso dieciséis
su porquería llueve sobre mí en avalancha
evado el polvo en un balanceo suicida
soy un péndulo desbocado marcando las doce
me estabilizo estiro el brazo toco el aire
no hay más pendiente
solo una cima plana hecha de puro concreto

Moria
Aquí estoy
camino a Moria
¿cómo perderla?

Aborrezco el monte del holocausto
pero avanzo por la escarpada ladera
desoyendo
clamores
aullidos de conjeturas invisibles.

Soy
el que soy
autor de las líneas
de mi epitafio.

Levanto la mirada
el sol nace por tercera vez
mis ojos tocan la cima
aquí estoy
respondí al llamado.

Me acerco al borde
ensayo abandonarla
me doy respiración boca a boca
electrizo el corazón
me endioso.

En Moria
con las rodillas levemente flexionadas
los brazos horizontales
espero la fe suficiente
para despeñarme
a la resurrección.

3 poemas de Vicktor Gordillo

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Vicktor Gordillo

Poeta Ecuatoriano. Ingeniero de profesión. Un perro romántico que ha comenzado una propuesta anclada a los vicios de la tecnología. Su lenguaje cotidiano permite establecer un diálogo directo con la desnudez  del hombre que va por las calles de la ciudad y que en la noche regresa a su computador y sus silencios. Tiene dos libritos que dicen lo que deben decir sobre el amor. El mundo contemporáneo le ha enseñado a producir textos mediáticos pero su voz es la del bardo enamorado ante los balcones.

 

S.O.S SACÚDETE TIERRA

Recuérdanos que son nuestras tus heridas

somos todos de las consecuencias protagonistas,

pero concédenos el regalo de nuevos días

para hacerte publicidad veintisiete horas al día.

Desata el estruendo hasta tus arrabales

despierta al aire, al mar, al cielo y tierra,

enséñanos los temas esenciales

que los hermanos no se envilezcan en cosas triviales…

¡Agítate!, que pocas pintas le queda a tu sangre quemada

te desangras y los que perdemos sin hacer nada,

son muchos idiotas por convicción

repartiéndose sobre la mesa tu corazón.

Revela la insensibilidad humana

del “me importa” hasta la ventana,

invoca de nosotros la lealtad del animal

que se cierre un puño la humanidad.

Escápate de las cumbres internacionales

donde no tienen idea de los problemas reales,

despabílate con los mercaderes del poder

la izquierda y derecha sin ti va a perder.

Sacúdete madre Tierra…

destruye con amor la amenaza nuclear,

las muertes vestidas de civil y militar,

descubre la conciencia mundial,

en calor de la mano al natural,

las fronteras en libertad,

¡sacúdete tierra!

¡sacúdete tierra!

MUJER ABISMAL

Al borde de su abismo

disuelto en sensaciones niebla y viento

que estrujan los poros de la piel,

el silencio buscando silencio…

y ya no puedo hablar,

y ya no puedo escuchar,

¿Debo acaso dejarme caer al abismo de sus ojos,

en horas de silencios,

                                      arrullos,

                                                      verdad

                                                                      y blasfemia?

El viento desnuda fragancias,

La niebla me envuelve en perfume,

Tropiezo,

caigo,

¡aún estoy vivo!,

¡Aún existo…! Pero ya no pienso.

PUNTUALMENTE ELLA

Primeramente su mirada,
básicamente su locura,
fundamentalmente su sonrisa,
imponderablemente sus mañanas,
esencialmente sus labios,
principalmente sus manos,
básicamente su voz,
sustancialmente su sexo,
precisamente su ayer,
cardinalmente su sur,
primordialmente su espíritu,
inicialmente su día,
originalmente su noche,
puntualmente ella.

3 poemas de Xavier Oquendo Troncoso

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Xavier Oquendo Troncoso:

Ecuatoriano de puritica herencia andina y de cabellera librepensante, nació en 1972 al amparo de los maestros de las letras ecuatorianas en el pueblito donde cantan todas las ranas. El poeta, periodista y profesor de Letras y Literatura es ante todo un ser telúrico como su tierra; ha publicado, desde que tiene memoria y con fervor, una poesía que crece y sigue creciendo entre naufragios y revelaciones. Hoy en día, gracias a su pasión desenfrenada por la literatura, se le reconoce como uno de los 40 maestros de la poesía contemporánea; tal señalización que lo incluyó en el “canon abierto” –gran antología que reunió a los bardos más interesantes que escriben en la lengua de Sancho Panza-, no lo ha sumido en la desesperación de la fama; el hombre se mantiene firme en su sueño de gestión y aprendizaje como si tales fantasías fuesen las maneras más correctas de subsistir en el tiempo. Ha creado varios proyectos con la pasión de un orfebre enamorado de las estrellas y tiene bajo el brazo un angelito editor donde se pueden encontrar, amarradas a las alas, grandes voces latinoamericanas. El hombre sabe croar como ninguno y su canto apuesta por el descubrimiento constante de una poética anclada al fuego azul de los inviernos. 

Poemas seleccionados por el autor.

DE CÓMO EL POETA TRATA DE HUIR DEL DOLOR

Que no se vaya el sol porque es domingo.

Que no se duerma el peso del dolor en uno solo.

Que se comparta.

Que se vaya en los otros.

Que haya buena distribución del dolor.

Que se haga el comunismo del dolor.

Que vivan todos para tener su dosis,

su pequeño maltrato,

el pago a plazos del dolor sin intereses.

Que todos nos gritemos

en la opera funambulesca del dolor.

Que no tengamos compasión con nadie.

Que todos debemos doler y compartir.

Que no se venga el dolor de uno en uno.

Que todos veamos llorar a Polifemo.

que todos lloremos igual por Galatea.

Que no nos merezcamos alegría

mientras vemos el ladrillo caído de bruces,

encima de la felicidad.

Al fin y al cabo, el mundo

Es un dolor inmenso que siempre inicia.

Y ni se diga, la poesía.

De LO QUE AIRE ES (2014)

DE CÓMO EL POEMA ESTÁ PROSTITUIDO POR EL POETA QUE NO QUIERE ESCRIBIR, PERO ESCRIBE

Sí. Ha vuelto.

Ha vuelto a pasar por aquí

la pura zorra del poema,

la perversa que aguarda en los caminos.

Ha vuelto el hilo de su halo de misterio.

Ella que es tan zorra como el sol cuando se enfría.

Ha regresado a que se le oiga animal.

A que se le huela con respeto.

La zorra pasa y deja ese verbo y esa garra

y enseña la intención de sus encías.

Quiere estar como la noche: tan firme como inmóvil.

Me prostituye la zorra.

Y no me da ni para el tabaco.

De LO QUE AIRE ES (2014)

 

 

DE CÓMO EL POETA LE DEDICA UN POEMA A JUAN GELMAN, APROVECHÁNDOSE DE UN VERSO DE CESAR VALLEJO

El golpe ha llegado.

Hizo puñete de platino y golpeó la mesa.

Yo desayuné el sol de las frutas

y el golpe se comió las últimas uvas

pisando el corazón de su pulpa.

Saltó con garra de pirata Blas de Lezo.

Me lastimó la córnea y la mejilla.

Corrí hasta ausentarme de la mañana,

pero llegó la noche, con su mano airada

y el golpe me golpeó con mi propia sombra.

Me sigue dando golpes todo el día.

No hay forma de hacerle quites, de alejarse.

El golpe me golpea y se hace fuerte,

me va sacando el moretón y la ausencia.

Ahora tengo azul el pelo largo

y la sonrisa es una barba con mordiscones.

No hay una zona blanca en estas pieles,

solo las puras habitaciones de los golpes.

El golpe hizo hijos en mis vísceras hinchadas.

Se dieron partos y cesáreas

y los hijos prematuros del golpe

salieron inducidos en dolores.

Desde el día que llegó, en el desayuno,

el golpe no ha parado de ejercitarse.

Hace biceps y triceps en la lona.

Camina dos horas diarias por el jardín de la casa

y luego vuelve a salir, a dispararme sus muñones.

Ya no me defiendo. Ya el cuerpo se ha curtido,

está lleno de heridas secas.

Pero yo descostro el dolor y la sangre fluye.

Se hace otra vez y otra y otra en cicatrices.

Vuelven los polvos de sulfa, los unguentos.

Vuelve ese dolor viejo y otros nuevos.

Se vuelven a partir las gasas húmedas

en pus -la sangre blanca que se espesa-.

El golpe está feliz por estos triunfos.

No para de saltar en emociones.

Me ve caído y da, y da conmigo,

y vuelve con más técnica y más saña.

No tiene compasión. No hay tregua ni agua.

Por él, que yo me muera en la tranquiza.

Por él, que me triture en las fracturas.

Por él, que me haga mutis en la vida.

Yo solo me levanto y tomo algo. Algún desinfectante.

Un caldo burdo. Y luego voy a a ver

si hay telarañas. Si hay sangre de drago

Para empedrar el dolor.

Ya no quedan más cicatrizantes.

Así que mejor hablo con el golpe. Le digo que lo amo.

Que ya me han dado susto sus visitas.

Que soy el portador del sindrome de Estocolmo.

Que ya no puedo traicionarlo. Que qué gusto.

Que siempre será un placer sus guantazos secos.

Que hay que buscarle un cuarto a sus visitas.

Ahora vivimos juntos

y siento hasta placer por sus nudillos deformes

que han ido desflecando mi existencia

hasta volverla santa, pura, casta. San Expedito

en mí. Santa Teresa y todo el santoral que me ha llegado

a punte de estos golpes. Como Mariana de Jesús, por dios,

con este penar intenso,

llegó a destrozarme el espíritu.

Y todo,

para salvarme.

De Lo que aire es (2014)

3 poemas de Yuliana Ortiz Ruano

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Yuliana Ortiz Ruano:

Ecuatoriana último módelo,  su arrolladora energía la ha llevado a gestionar de todo, desde eventos poéticos únicos como el Cráneo de Pangea hasta festivales independientes de librejos y otros bichos. Ha viajado casi por todo el continente, alumbrando aquí y allá con su palabra como si fuera una luciérnaga juguetona. Se la pasa de Festival en festival, entre Bolivia, Perú y su tierrita andina. Reconocida por ser gestora de cuanto cuento le inventen, esta poeta brilla como una gema, su punzón estalla en letras conmovedoras que promueven el susurro o el grito. Nada en ella es a medias.

A Marosa di Giorgio y Óscar Peña

XXI

 

Necesito que me sostengan,

que en el aire se abra una boca

y diga la fecha del final de este incendio

y la existencia vegetativa.

Necesito que la lengua de mi madre se vuele,

que deje de llamar diciendo;

 

hijo/esposo/miedo

 

sobre todo esto;

miedo del hijo que aún no tengo.

Miedo del fracaso genético.

 

Quiero creer en un dios sin karma

y sin horizonte.

Quiero rezar por la juventud eterna

para que los que esperan la caída de este cuerpo

no la vean.

Miradas

descendiendo

en forma de agua sobre mis raíces.

Quiero levantar un altar a la infertilidad;

rezar por la dicha de llegar sola al final de mis días

escribiendo versos con alzhéimer.

Rezo para que mi vientre se seque

y dentro de él

sople la arena del desierto de Tacna

formando la duna de mi destino.

Rezo para que toda la sal del Uyuni

anide en mi espalda.

Quiero creer en un dios sin barbas ni arrugas

¿quién dijo que solo la vejez

es sinónimo de sabiduría?

Quiero creer en un dios

que no cante por los niños

que cante para sí

sin mentirle a nadie.

Quiero creer en un dios

a mi imagen y semejanza

que camine conmigo por callejones oscuros

y beba en la misma mesa

de los poetas que lo maldicen.

 

X

 

El insomnio como única bandera

de este país de ropa;

mugre y libros.

Incendio sobre mi cabeza el presente

la ceniza cae

formando volcanes en mi torno

¿de qué color

es el magma

que brota

del piso de mi cuarto?

Alud de idiomas ilegibles

Tapizando el aire en las paredes

y el olor a sexo muerto

perfumando las sábanas

(desiertos de vellos púbicos

de seres que habitan el holocausto).

Canto como quien degüella una vaca

con sangre salpicada en mi rostro

sollozos de las mujeres

que fui

colgadas como guirnaldas musculosas

del cielo/techo

de mi país abandonado

en el que a pesar de ser la única habitante

sobrevivo como expatriada

mientras la bombilla

apila bajo mis ojos

los fragmentos de la noche.

 

XIV

 

Los aviones no aterrizan sobre mi cama padre,

tampoco en mi vientre,

la isla en la que vivo

parece hundirse

poco a poco

con cada persona

que se sube

o intenta vivir en ella

¿ves ese humo padre?

Esa soy yo

incendiándome otra vez,

comiendo vidrio

para no llorar

sobre tu tumba.

Soplando mis cenizas al viento

como se soplan

los dientes de león

en el camino del ombligo a mi  lengua

¿Padre

por qué me heredaste el miedo

y esta herida

que crece como un reptil

amargo en mis sienes?

¿Por qué acostumbrabas

a salvarme del

incubus para luego irte

y condenarme

a dormir con la luz encendida

hasta hoy?

¿Ves el humo padre,

lo puedes oler?

Esa soy yo

Incendiándome

Otra vez.